Posts tagged ‘literatura erótica’

27 abril, 2016

Delmira Agustini: dos poemas


Mikhail Vrubel-The Swan Princess 1900

Mikhail Vrubel: La princesa cisne, 1900

Explosión

Si la vida es amor, ¡bendita sea!
¡Quiero más vida para amar! Hoy siento
Que no valen mil años de la idea
Lo que un minuto azul de sentimiento.

Mi corazón moría triste y lento…
Hoy abre en luz como una flor febea;
¡La vida brota como un mar violento
Donde la mano del amor golpea!

Hoy partió hacia la noche, triste, fría,
Rotas las alas, mi melancolía;
Como una vieja mancha de dolor

En la sombra lejana se deslíe…
Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!

(De El libro blanco (Frágil), 1907)

viñeta2El arroyo

¿Te acuerdas?… El arroyo fue la serpiente buena…
Fluía triste y triste como un llanto de ciego,
cuando en las piedras grises donde arraiga la pena,
como un inmenso lirio, se levantó tu ruego.

Mi corazón, la piedra más gris y más serena,
despertó en la caricia de la corriente, y luego
sintió cómo la tarde, con manos de agarena,
prendía sobre él una rosa de fuego.

Y mientras la serpiente del arroyo blandía
el veneno divino de la melancolía,
tocada de crepúsculo me abrumó tu cabeza,

la coroné de un beso fatal; en la corriente
vi pasar un cadáver de fuego… Y locamente
me derrumbó en tu abrazo profundo la tristeza.

De El rosario de Eros, 1924

26 marzo, 2015

José Juan Tablada: “En el parque”


Viñeta de Julio Ruelas

Un último sonrojo murió sobre tu frente…
Caíste sobre el césped; la tarde sucumbía,
Venus en el umbroso confín aparecía
y rimando tus ansias sollozaba la fuente.

¿Viste acaso aquel lirio y cómo deshacía
una a una sus hojas en la turbia corriente,
cuando al eco obstinado de mi súplica ardiente
respondiste anegando tu mirada en la mía?

Ya en la actitud rendida que la caricia invoca
tendiste sobre el césped tus blancos brazos flojos
vencida por los ruegos de mi palabra loca.

Y yo sobre tu cuerpo cayendo al fin de hinojos
miré todas las rosas sangrando entre tu boca
¡y todas las estrellas bajando hasta tus ojos!

De El florilegio, 1898-1904

25 marzo, 2014

Ramón del Valle-Inclán: mujer desnuda “muy Academia Veneciana”


Viena-Wien. Kunsthistorisches Museum. Tiziano,...

Viena-Wien. Kunsthistorisches Museum. Tiziano, Dànae, 1554 (Photo credit: Pilar Torres)

Con los senos palpitantes como dos palomas blancas, con los ojos nublados, con la boca entreabierta mostrando la fresca blancura de los dientes entre las rosas encendidas de los labios, era de una incomparable belleza sensual y fecunda. Muy saturada de literatura y de Academia Veneciana.

 

Ramón del Valle-Inclán, Sonata de invierno. En vol. IV de sus Obras Completas. Biblioteca Contemporánea. Losada, 1940, p.128.

 

 

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1 diciembre, 2013

Necrofilia, vampirismo y blasfemia en Valle-Inclán, Sonata de otoño


Rodeó mi cuello, y con una mano levantó los senos, rosas de nieve que consumía la fiebre. Yo entonces la enlacé con fuerza, y en medio del deseo, sentí como una mordedura el terror de verla morir. Al oírla suspirar, creí que agonizaba. La besé temblando como si fuese a comulgar su vida. Con voluptuosidad dolorosa y no gustada hasta entonces, mi alma se embriagó en aquel perfume de flor enferma que mis dedos deshojaban consagrados e impíos. Sus ojos se abrieron amorosos bajo mis ojos. ¡Ay! Sin embargo, yo adiviné bajo ellos un gran sufrimiento. Al día siguiente Concha no pudo levantarse.

1 diciembre, 2013

Fetichismo y profanación (Sonata de otoño, de Valle-Inclán)


Pintura de Giovanni Boldini (Ferrara, 1842 - París, 1931), pintor italiano.

Concha se incorporó para alcanzar el cordón de la campanilla. Yo le cogí la mano:

—¿Qué quieres?

—Quería llamar a mi doncella para que viniera a vestirme.

[…]

—¡Déjame ser tu azafata!

Concha soltó su mano de entre las mías:

—¡Qué locuras se te ocurren!

—No tal. ¿Dónde están tus vestidos?

Concha se sonrió como hacen las madres con los caprichos de sus hijos pequeños:

—No sé dónde están.

—Vamos, dímelo…

—¡Si no sé!

Y al mismo tiempo, con un movimiento gracioso de los ojos y de los labios me indicó un gran armario de roble que había a los pies de su cama. Tenía la llave puesta, y lo abrí. Se exhalaba del armario una fragancia delicada y antigua. En el fondo estaban los vestidos que Concha llevara puestos aquel día:

—¿Son éstos?

—Sí… Ese ropón blanco nada más.

—¿No tendrás frío?

—No.

Descolgué aquella túnica, que aún parecía conservar cierta tibia fragancia, y Concha murmuró ruborosa:

—¡Qué caprichos tienes!

Sacó los pies fuera de la cama, los pies blancos, infantiles, casi frágiles, donde las venas azules trazaban ideales caminos a los besos. Tuvo un ligero estremecimiento al hundirlos en las babuchas de piel de Rusia, y dijo con extraña dulzura:

—Abre ahora esa caja larga. Escógeme unas medias de seda.

Escogí unas medias de seda negra, que tenían bordadas ligeras flechas color malva:

—¿Éstas?

—Sí, las que tú quieras.

Para ponérselas me arrodillé sobre la piel de tigre que había delante de su cama. Concha protestó:

—¡Levántate! No quiero verte así.

Yo sonreía sin hacerle caso. Sus pies quisieron huir de entre mis manos. ¡Pobres pies, que no pude menos que besar! Concha se estremecía y exclamaba como encantada:

—¡Eres siempre el mismo! ¡Siempre!

Después de las medias de seda negra, le puse las ligas, también de seda, dos lazos blancos con broches de oro. Yo la vestía con el cuidado religioso y amante con que visten las señoras devotas a las imágenes de que son camaristas. Cuando mis manos trémulas anudaron bajo su barbeta delicada, redonda y pálida, los cordones de aquella túnica blanca que parecía un hábito monacal, Concha se puso en pie, apoyándose en mis hombros.