Posts tagged ‘poesía pura’

27 abril, 2016

“Toman posturas eternas”: poemas de Cuesta y de Villaurrutia


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Paul Cézanne, naturaleza muerta con calavera, 1895-1900

Xavier Villaurrutia

Cuadro

Fuera del tiempo, sentada,
la mano en la sien,
¿qué miras, mujer,
desde tu ventana?

¿Qué callas, mujer, pintada
entre dos nubes de mármol?

Será igual toda la vida
tu carne dura y frutada.

Sólo la edad te rodea
como una atmósfera blanda.

No respires, no.
De tal modo el aire
e quiere inundar,
que envejecerías,
¡ay!, con respirar.

No respires, no.

¡Muérete mejor
así como estás!

Cézanne

A Carlos Pellicer

Deshace julio en vapor los cristales
de las ventanas del agua y del aire.

En el blanco azul tornasol del mantel
los frutos toman posturas eternas
para el ojo y para el pincel.

Junto a las naranjas de abiertos poros
las manzanas se pintan demasiado,
y a los duraznos, por su piel de quince años,
dan deseos de acariciarlos.
Los perones rodaron su mármol transparente
lejos de las peras pecosas
y de las nueces arrugadas.

¡Calor! Sin embargo, da pena
beberse la “naturaleza muerta”
que han dejado dentro del vaso.

De Reflejos, 1926

Jorge Cuesta

Soñaba hallarme en el placer que aflora…

Soñaba hallarme en el placer que aflora;
pero vive sin mí, pues pronto pasa.
Soy el que ocultamente se retrasa
y se substrae a lo que se devora.

Dividido de mí quien se enamora
y cuyo amor midió la vida escasa,
soy el residuo estéril de su brasa
y me gana la muerte desde ahora.

Pasa por mí lo que no habré igualado
después que pasa y que ya no aparece;
su ausencia sólo soy, que permanece.

Oh, muerte, ociosa para lo pasado,
sólo es tu hueco la ocasión y el nido
del defecto que soy de lo que ha sido.

Contemporáneos, t. ix, núm. 11, sept.-oct. de 1931. En Obras, I. Ed. M. Capistrán et al. México: El Equilibrista, 1994.

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23 febrero, 2016

La huella de la poesía pura en los Contemporáneos


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Moïse Kisling (1891-1953), Kiki de Montparnasse

La orilla del mar

José Gorostiza, Canciones para cantar en las barcas, 1925

No es agua ni arena
la orilla del mar.

El agua sonora
de espuma sencilla,
el agua no puede
formarse la orilla.

Y porque descanse
en muelle lugar,
no es agua ni arena
la orilla del mar.

Las cosas discretas,
amables, sencillas;
las cosas se juntan
como las orillas.

Lo mismo los labios,
si quieren besar.
No es agua ni arena
la orilla del mar.

Yo sólo me miro
por cosa de muerto;
solo, desolado,
como en un desierto.

A mí venga el lloro,
pues debo penar.
No es agua ni arena
la orilla del mar.

Poesía

Xavier Villaurrutia, Reflejos, 1926

Eres la compañía con quien hablo
de pronto, a solas.
Te forman las palabras
que salen del silencio
y del tanque de sueño en que me ahogo
libre hasta despertar.

Tu mano metálica
endurece la prisa de mi mano
y conduce la pluma
que traza en el papel su litoral.

Tu voz, hoz de eco
es el rebote de mi voz en el muro,
y en tu piel de espejo
me estoy mirando mirarme por mil Argos,
por mí largos segundos.

Pero el menor ruido te ahuyenta
y te veo salir
por la puerta del libro
o por el atlas del techo,
por el tablero del piso,
o la página del espejo,
y me dejas
sin más pulso ni voz y sin más cara,
sin máscara como un hombre desnudo
en medio de una calle de miradas.

Poética

Gilberto Owen, Línea, 1930

Esta forma, la más bella que los vicios, me hiere y escapa por el techo. Nunca lo hubiera sospechado de una forma que se llama María. Y es que no pensé en que jamás tomaba el ascensor, temía las escaleras como grave cardíaca, y, sin embargo, subía a menudo hasta mi cuarto.
Nos conocimos en el jardín de una postal. A mí, bigotes de miel y mejillas comestibles, los chicos del pueblo me encargaban substituirlos en la memoria de sus novias. Y llegué a ella paloma para ella de un mensaje que cantaba: “Siempre estarás oliendo en mí”.
Esta forma no les creía. Me prestaba sus orejas para que oyera el mar en un caracol, o su torso para que tocara la guitarra. Abría su mano como un abanico y todos los termómetros bajaban al cero. Para reírse de mí me dio a morder su seno, y el cristal me cortó la boca. Siempre andaba desnuda, pues las telas se hacían aire sobre su cuerpo, y tenía esa grupa exagerada de los desnudos de Kisling, sólo corregida su voluptuosidad por llamarse María.
A veces la mataba y sólo me reprochaba mi gusto por la vida: “¡Qué truculento tu realismo, hijo!” –Pero no la creáis, no era mi madre. Y hoy que quise enseñarle la retórica, me hirió en el rostro y huyó por el techo.

13 mayo, 2015

José Gorostiza: adueñarse de “los poderes escondidos del hombre”


La poesía […] es una investigación de ciertas esencias -el amor, la vida, la muerte, Dios- que se produce en un esfuerzo por quebrantar el lenguaje de tal manera que, haciéndolo más transparente, se pueda ver a través de esas esencias.
Es una especulación, un juego de espejos, en que las palabras, puestas unas frente a otras, se reflejan unas en otras hasta lo infinito y se recomponen en un mundo de puras imágenes donde el poeta se adueña de los poderes escondidos del hombre y establece contacto con aquel o aquello que está más allá.

José Gorostiza, “Notas sobre poesía”

21 febrero, 2015

¿Valéry en Cioran?


Cuando el aire suspende su calma y la inmovilidad meridiana alisa las olas en medio de un fulgor abstracto, entonces sé lo que es el Mediterráneo: lo real puro.

E. M. Cioran, Breviario de los vencidos. T. del rumano de Joaquín Garrigós. Tusquets (Fábula 296).

13 mayo, 2014

Poemas de Juan Ramón Jiménez


I
Acción

Goethe

No sé con qué decirlo,
porque aún no está hecha
mi. palabra.

II

Plenitud de hoy es
ramita en flor de mañana.
Mi alma ha de volver a hacer
el mundo como mi alma.

III

Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
…Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.
que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,

y suyo, y mío, de las cosas!

IV

Tira la piedra de hoy,
olv¡da y duerme. Si es luz,
mañana la encontrarás,
en la aurora, hecha sol.

V

Vino primero, pura,
vestida de inocencia.
Y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes.
Y la fui odiando, sin saberlo.

Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

…Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.

Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda…
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!

de Eternidades, 1918

Su sitio fiel

Las nubes y los árboles se funden
y el sol les trasparenta su honda paz.
Tan grande es la armonía del abrazo,
que la quiere gozar también el mar,
el mar que está tan lejos, que se acerca,
que ya se oye latir, que huele ya.

El cerco universal se va apretando,
y ya en toda la hora azul no hay más
que la nube, que el árbol, que la ola,
síntesis de la gloria cenital.
El fin está en el centro. Y se ha sentado
aquí, su sitio fiel, la eternidad.

Para eso hemos venido. (Cae todo
lo otro, que era luz provisional.)
Y todos los destinos aquí salen,
aquí entran, aquí suben, aquí están.
Tiene el alma un descanso de caminos
que han llegado a su único final.

de La estación total, 1946

13 mayo, 2014

José Gorostiza: “Épodo”


Crystal Whorls

Crystal Whorls (Photo credit: Anua22a)

Esa palabra que jamás asoma
a tu idioma cantado de preguntas,
esa, desfalleciente,
que se hiela en el aire de tu voz,
sí, como una respiración de flautas
contra un aire de vidrio evaporada,
¡mírala, ay, tócala!
¡mírala ahora!
¡mírala, ausente de toda palabra,
sin voz, sin eco, sin idioma, exacta,
mírala cómo traza
en muros de cristal amores de agua!

Del poema frustrado

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11 mayo, 2014

Juan Ramón Jiménez: “Sencillo y espontáneo”


Un instante, hace un instante.

Un instante, hace un instante. (Photo credit: Ignacio Sanz)

Hace tiempo que deseaba transcribir completa la anotación preliminar de Juan Ramón a la Segunda antolojía poética. Sí: hay otras formas de sentir y practicar la poesía, igualmente valiosas, pero opuestas a la manifestada aquí. Baste recordar su reacción, no del todo comprensiva, ante la obra más personal de Pablo Neruda. A pesar de ello, creo que estas brevísimas líneas son de lo más iluminador que se haya escrito en nuestro idioma acerca de la sencillez y la espontaneidad en el arte.

(“Sencillo y espontáneo”

Sr. D. Manuel Morente, director de la Colección Universal.
Mi querido amigo:

al pedirme usted unas “poesías escojidas” mías, me expresó un deseo de que yo elijiese, con un punto de vista popular, aquellas que por su “espontaneidad y sencillez”, pudieran llegar más fácilmente a todos. Puesto a escojerlas, lo que yo tengo por más sencillo y espontáneo de mi obra, coincidía siempre, como yo creo natural ―y por esto acepté su amable proposición―, con lo más depurado y sintético, dentro del “tipo” de cada una de mis “épocas”.

¿Qué es, entonces, sencillez, y qué espontaneidad? Sencillo, entiendo que es lo conseguido con los menos elementos; espontáneo, lo creado sin “esfuerzo”. Pero es que lo bello conseguido con los menos elementos, sólo puede ser fruto de plenitud, y lo espontáneo de un espíritu cultivado no puede ser más que lo perfecto. (A menos que se exija, para “conseguir” eso que suele llamarse sencillo y espontáneo, la incultura y la pereza.) De otro modo, volviendo la idea: la perfección, en arte, es la espontaneidad, la sencillez del espíritu cultivado.

Aquí tiene usted, pues, algo de lo que yo considero, por el momento, lo más sencillo y espontáneo de mi larga obra poética juvenil, y un poco, elejido con el mismo criterio, de la que ahora empieza; casi todo, de lo publicado ya, en libro o en revista.

Siempre suyo,
J.R.J.

Madrid, diciembre, 1919).

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7 mayo, 2014

José Gorostiza: “Un hombre de Dios”


Se trabaja en común para la poesía, aunque cada poeta se encierre en su torre de marfil.  El poema no resulta de un encuentro repentino con la poesía. Hubo poetas que, a través de toda su obra, no buscaron sino perfeccionar un poema; y hay poemas que, en el dilatado proceso de su maduración, debieron consumir los afanes de muchos poetas. La historia de la poesía ―como la historia en general― sugiere la imagen de una corriente, un río cuyas ondas emergen al empuje de la masa de agua que las hunde, enseguida, en la disolución.

Porque la poesía —no la increada, no, la que ya se contaminó de vida― ha de morir también. La matan los instrumentos mismos que le dieron forma: la palabra, el estilo, el gusto, la escuela. Nada envejece tan pronto, salvo una flor, como puede envejecer una poesia. El poeta la hará durar un día más o un día menos, según su habilidad para sustraerla a la acción del tiempo. Su destino está trazado, a pesar de todo, e irá a dispersarse en el fondo de la sabiduría popular —yo he oido a gente humilde, carente de toda cultura, repetir pensamientos de Shakespeare como propios― o bien, relegada a los anaqueles de las bibliotecas como un objeto arqueológico, quedará allí para curiosidad de los estudiosos y la inspiración de otros poetas.

Todas estas cosas, el poeta no tiene por qué saberlas y, si las sabe, no tiene para qué recordarlas. La conciencia histórica asesinaría a la musa dentro de él. El poeta no ha de proceder como el operario que, junto con otros mil, explota una misma cantera. Ha de sentirse el único, en un mundo desierto, a quien se concedió por vez primera la dicha de dar nombres a todas las cosas. Debe estar seguro de poseer un mensaje que sólo él sabrá traducir, en el momento preciso, a la palabra justa e imperecedera.

La misión del poeta es infinitamente delicada. Dejemos que la escude tras su inocente soberbia; que la defienda, si fuere necesario, con el látigo de su infantil vanidad. Después de todo, ni la individualidad ni la duración de una obra deben montar a mucho en los cuidados del espectador. En poesía, como sucede con el milagro, lo que importa es la intensidad. Nadie sino el Ser Único más allá de nosotros, a quien no conocemos, podría sostener en el aire, por pocos segundos, el perfume de una violeta. El poeta puede —a semejanza suya― sostener por un instante mínimo el milagro de la poesía. Entre todos los hombres, él es uno de los pocos elegidos a quien se puede llamar con justicia un hombre de Dios.  (1955).

José Gorostiza: Poesía y poética. ed. Edelmira Ramírez, México: Conaculta, Colección Archivos (12), 1989, p.151-152.

1 mayo, 2014

Juan Ramón y su Obra según Alfonso Reyes


Español: Retrato de Juan Ramón Jiménez, poeta ...

Español: Retrato de Juan Ramón Jiménez, poeta español, realizado por Joaquín Sorolla. (Photo credit: Wikipedia)

El arte de Juan Ramón Jiménez está cifrado en esta poesía:

¡Palabra mía eterna!
¡Oh, qué vivir supremo
—ya en la nada la lengua de mi boca—,
oh, qué vivir divino
de flor sin tallo y sin raíz,
nutrida, por la luz, con mi memoria,
sola y fresca en el aire de la vida!

[…] Sin nada pasajero o accidental, nada que se vaya con el cuerpo a la tumba. Donde la palabra eterna quiere decir , no un elogio que el poeta se aplique a sí propio, sino una actividad permanente, hecho nítido, todo de hoy, todo vital, sin curiosidades arqueológicas, sin pasado, íntegramente valioso en todos los momentos presentes; y, en suma, el misterio lógico de la perfección como lo define Santo Tomás: acto puro, sin blanduras de potencia o de posibilidades dormidas: acto puro, realización absoluta.

Pero meditemos sobre todo —oh maestros y oficiales de la palabra— en la “flor sin tallo y sin raíz”, que es también la flor absoluta: la belleza que persigue Platón, arrancada ya a todo los órdenes de necesidad —tallo y raíz— que la sustentan y nutren por abajo; fin último de la creación de las cosas, y única justificación de Dios ante los Titanes que lo interrogan.

[…] Mientras vivimos —repetía Rodó— nuestra personalidad está sobre el yunque. Tal es la doctrina de la vida como una perenne educación —ideal de Goethe—. Mientras vive el poeta —nos dice Juan Ramón Jiménez— el libro, la obra, tienen que reflejar una mudanza constante, progresando en grados de excelencia. Tal es la filosofía de la vida como una creación perenne.

No basta: la vida toda del creador debe exhalar un poema solo, en que cada instante rinda su tributo necesario al conjunto. Todas las poesías de un poeta —continúa pensando Juan Ramón—son fases de una sola poesía. Y de aquí la doble necesidad, por una parte, de revisar  continuamente cada verso, cada página y cada libro, de suerte que cada nueva edición desespere a los eruditos con sus mil problemas de variantes y retoques […]; y, por otra parte, de reorganizar incesantemente el conjunto de obras —la Obra— buscando el contorno definitivo de la constelación del alma y el sitio terrible de cada estrella.

[…] No concibo tarea más heroica, tarea más alta, más digna de emplear las fuerzas de un hombre, aun cuando de paso le imponga un sacrificio constante y un diario ejercicio de renunciación.

[…] La fuerza de rechazar —dice Juan Ramón— mide la capacidad moral de un hombre, en el orden de la conducta; mide la verdad de su estilo, en el orden del arte; mide, finalmente, en el orden de su vitalidad, el peso de su creación. Por eso parece que se queda algo aislado todo el que escoge; algo recluido. Sólo se le ve en ciertos sitios —los sitios ciertos—. Sólo habla con ciertos amigos —los amigos ciertos—. Sólo publica ciertos libros —los libros ciertos—.  Vive de lo fundamental: “Piedra y Cielo”. Busca sólo lo fundamental: “Eternidades”.

Alfonso Reyes, “Juan Ramón y la antología”, 1922. En Tertulia de Madrid. Colección Austral 901. Espasa-Calpe Argentina, 1950. 1a. ed. 1949, Bs. As., p.52-56.

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12 marzo, 2014

Gilberto Owen: Poesía ―¿pura?― plena


Portrait of Stéphane Mallarmé, by Eduard Manet...

Portrait of Stéphane Mallarmé, by Eduard Manet, 1876 (Photo credit: Wikipedia)

Poesía ―¿pura?― plena

Ejemplo y sugestión

Sin llegar a los extremos del Abate Bremond (1), que como tales se tocan con los del señor Souday (2), no es ninguna audacia afirmar que poesía pura es la aspiración de una secta religiosa —con credo y ritual— fundada en Boston por un químico (3), “demonio de la lucidez”, el primero en disociar, con una sagacidad antes nunca vista —acaso, sí, en Descartes—, elementos que hasta ahí se habían considerado inevitable alianza de la poesía —narración, elocuencia, etc. Ha quedado por ahora en calidad de aspiración, y sería ingenuo demostrar aquí por qué.

En sus evangelios, publicados hacia 1831, precisamente cuando el huracán romántico ensordecía hasta a los más atentos europeos (“¿quién o qué es eso que se defiende del análisis con el ruido?”, era la poesía en las gargantas de casi todo el ochocientos, Juan Ramón), se limitaban y se separaban, por primera vez también, la razón, 1a pasión y la poesía.

Baudelaire fue su profeta, químico lo mismo que todos sus fieles, el muy sensual, pero en vez de la química inorgánica, aséptica, de aquél, se puso a estudiar una química orgánica y corruptible. Fue así su primer hereje.

Hemos mencionado un credo; su primer mandamiento, en efecto, es la fe: fe en la presencia invisible de la poesía, fe, como la paloma kantiana, en que se puede volar mejor en el vacío, sin la resistencia del aire (4). El milagro es que esta fe no fuera defraudada del todo y que, a sesenta kilómetros sobre el nivel del mar, un hombre que exhibía con dandismo su incompetencia para lo que no fuera el absoluto pudiera, si no conseguirlo, sí alcanzar al menos una estimable relatividad generalizada (5), cazando certero esa sensualidad abstracta que sigue siendo la mejor pieza cobrada por los puristas.

Sensualidad abstracta: esto había de resultar al mezclarse en la retorta (6) la inteligencia analítica con la sensualidad formal de su profeta francés, y es éste el fracaso inicial en la serie de fracasos que hacen la historia que venimos reseñando, ya que, según los experimentos de laboratorio, poesía había de ser tan sólo el ruido inimitable del choque de la inteligencia con la belleza, pero para traducirse en creación durable ―pues poesía, en griego poiesis, hacer, y por antonomasia la cosa hecha, la creación, es esto antes que nada: invención, creación humana expresiva— tiene que recurrir al lenguaje, que es materia sensual.

Recogen la herencia de Baudelaire dos poetas, Rimbaud y Mallarmé. Del primero, de quien arranca la línea Claudel-Max Jacob-Dadá-Superrealismo (7), no hemos de ocupamos aquí, ya que se trata de historiar la iglesia purista y no la católica, la ideología mística. Explicaremos: el testamento de Baudelaire está todo en aquella frase en que se reconoce a la vez hipnotizador y sonámbulo; a Rimbaud le toca en suerte ser el alucinado; explicaremos aún: el cristianismo, el catolicismo mejor, lo vemos en Baudelaire subordinado al arte; en Rimbaud al revés. Una final distinción: el sonámbulo vive en un mundo ideal de sueño; el magnetizador (8), Mallarmé, agranda hacia arriba la realidad. Mundo real, aunque de naturalezas muertas, el suyo, incita a perseguir posibilidades indefinidas, que a la postre, es cierto, no vienen a ser sino imposibilidades en que el poeta zozobra —de l’éternel azur la sereine ironie accable le poète impuissant (9).

Éste, pues, había de heredar la parte mejor o peor, la Iglesia de Occidente de la poesía. Y, Eva posterior al pecado original, había de ser su preocupación continua redimirse de él por el bautismo y la vigilia; inició entonces los experimentos a que hemos aludido, a una altura de asfixia que mataría a cualquiera sin su larga paciencia (10) —¿genio?, le repugnaría acaso esto— y que, como lo demuestra la atenta lectura de La crisis del verso (11), trataban de redimir en parte a la poesía pura de su fatal impureza plástica, afinando el lenguaje hasta inmaterializarlo casi en una alquimia que arrancaba a las palabras su significación (esto es lo contrario de decir: su expresión, según Ortega y Gasset en un ensayo último), formando con ellas una “frase total, nueva, extraña a la lengua”. El verdadero y patético drama mallarmeano es en verdad este dilema entre el mutismo y la impureza, este problema de la sensualidad en la poesía pura, que él trató de resolver, naturalmente, eliminando a la sensación para quedarse con la abstracción, sin comprender a qué peligro de música se acercaba, ni la herejía que era adorar a la poesía en un becerro de humo sonoro (12). Había una vez un músico ciego que confundió a su mujer con un violín y murió de no lograr nunca afinarla.

El pontífice actual es un apóstata; el abate Bremond, más papista que Valéry, lo ha denunciado. Ved así consumado el destino de esta secta religiosa de la poesía pura, que, como en El hombre que fue jueves (13), sólo ha contado entre sus adeptos a herejes y apóstatas.

¿Vamos a desdeñar por sus fracasos, tan dramáticos, esta larga tradición de poesía pura inalcanzable? Aprovechémosla, mejor, enseñanza valiosa, y después de tantos años de análisis ensayemos un poco la síntesis.

La poesía pura es rara e improbable, ha dicho Valéry, y sólo puede proceder por maravillas excepcionales (14). Hilo tan fino y sutil que lo rompe su propio peso en extensión mayor a la de un solo verso, optemos por torcer su seda con un poco de lino. Por nuestra parte, preferimos asociar su ideal al de una poesía íntegra, resultante del equilibrio de sus elementos esenciales y formales, como lo esbozábamos al comentar los poemas de un amigo nuestro. ¿Necesitaremos repetir que esta poesía de que hablamos no es obra de sólo la imaginación —no fantasía, entendámonos (15)—, de ninguna manera de sólo la inspiración, y que el equilibrio sólo puede conseguirlo un despierto criticismo, no extremado, naturalmente, como lo vimos en la lección que acabamos de repasar?

A poesía, pura, aspiración imposible, oponemos poesía plena, modestos. Su fórmula estética se integraría por dos cualidades básicas, arbitrariedad y desinterés, y su formalidad expresiva —elaboración en metáforas de un sistema del mundo— requeriría una afinación del estilo a que obliga al escritor el nacimiento de un arte nuevo, el cinematógrafo, por su superioridad en el dominio del movimiento y de la imagen visual inmediata. (Esta necesidad de afinar más y más el estilo, de perfeccionar el oficio y su utilería, se manifiesta no sólo en la poesía, también en la novela y en el teatro, con Giraudoux y Jarnés, con Crommelynck (16) y el Azorín del Old Spain.) Sólo teniendo en cuenta lo anterior es posible crear, imperativo del artista. ¿Coincidirá nuestra fórmula con la de la poesía creacionista, realizada por Gerardo Diego? Sin conocerla, sin saber si ha tomado ya cuerpo de doctrina, sospechamos que sí, con alegría, tan presente él en todo lo actual-permanente.

La idea de arbitrariedad, que Lalou define como una compleja alquimia, creadora de filtros mágicos, es la que llevó a Valéry a integrar la poesía pura en la máquina del lenguaje clásico, esto es, en la retórica, palabra que va adquiriendo renovado prestigio.

No pretendemos afirmar, ¡claro! que la retórica, o siquiera la poética, sea la poesía. Pero sí su técnica, su materia expresiva, aquello que salvó siempre del estado místico de mutismo a todos los puristas. El error de Mallarmé nos parece ahora haber sido el empeñarse en confundir, en identificar el vaso con el contenido, como si pretendiera que el vaso fuera también de agua, ni siquiera de hielo (17).

El agua clara, decimos nosotros, y el vaso de cristal, del más transparente y sonoro cristal, pero tampoco vacío —oh escarmiento, oh ejemplo próximo de Díaz Mirón, del Díaz Mirón último y de gran parte del otro—. Al decir lo anterior, nos viene a la memoria una antigua fórmula en que deseábamos poesía limpia como agua corriente, H2O; ahora explicaremos que el coeficiente se refiere mejor a la inteligencia, y que de vida nos conformamos con aquellos datos suyos que puedan reducirse a valores artísticos.

Poesía plena, equilibrio: palabras nuevas, imágenes e ideas nuevas, y, por de dentro, presente e invisible, la parte de Dios, el fluido —oh Cocteau ineludible—, la poesía pura.

Vamos, contemporáneos de aquí y de todas partes, vamos libertando a la poesía pura, amigos. Démosle un cuerpo digno de ella, porque un alma libre en el vacío es en realidad un alma prisionera. Vamos, contemporáneos amigos, vamos a intentar una obra sensual purificada, con inteligencia y desinterés; acaso, a la postre, nos resulte una “maravilla excepcional”, y, sin acaso —un golpe de dados sí abolirá al azar—, de todas maneras, una obra con solidez, novedad y definición.

“Está permitido a veces, imagino —decía Baudelaire en el documento que lo acusa de plagio—, citarse a sí mismo para evitar parafrasearse.” Citaremos, pues, para terminar, un poema nuestro, viejo de muchos años, que encierra esta aspiración que desde entonces nos ganaba ya profundamente (18):

PUREZA

¿Nada de Amor —¡de nada!— para mí?
Yo pedía 1a frase con relieve, la palabra
hecha carne de alma, luz tangible,
y un rayo de sol último, en tanto hacía luz
el confuso piar de mis polluelos.
Ya para entonces se me había vuelto
el diálogo monólogo,
y el río, Amor ―el río: espejo que anda―,
llevaba mi mirada al mar sin mí.
¡Qué puro eco tuyo, de tu grito
hundido en el ocaso, Amor, la Luna,
espejito celeste, Poesía!

México, martes 22 de febrero de 1927.

Tomado de Gilberto Owen. Obras. Letras Mexicanas. FCE, 1979. Las notas son mías.

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