Posts tagged ‘poesía simbolista’

8 mayo, 2017

“El peso de un cautiverio”


La aspiración de las criaturas al infinito se torna angustiosa bajo el peso de la sombra. Adivinan y sienten el peso de un cautiverio.
José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), “Santoral”, La torre de Timón
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31 octubre, 2014

Arthur Rimbaud: Antique – Antigua


beardsley-satyrSolo por amor, porque ya sé que todos aquí estamos conscientes de Iluminaciones.

Gracieux fils de Pan ! Autour de ton front couronné de fleurettes et de baies tes yeux, des boules précieuses, remuent. Tachées de lies brunes, tes joues se creusent. Tes crocs luisent. Ta poitrine ressemble à une cithare, des tintements circulent dans tes bras blonds. Ton cœur bat dans ce ventre où dort le double sexe. Promène-toi, la nuit, en mouvant doucement cette cuisse, cette seconde cuisse et cette jambe de gauche.

T. de Ramón Buenaventura, hallada en http://www.lamaquinadeltiempo.com/Rimbaud/iluminac2.htm

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7 marzo, 2014

Arte y autenticidad en poesía: José Martí


ecosystem/flora/Wild Jasmine(Jasminum malabaricum)

ecosystem/flora/Wild Jasmine(Jasminum malabaricum) (Photo credit: satshot2010)

Desde hace mucho se ha señalado y exaltado la densa y a la vez luminosa cualidad aforística de la prosa de Martí (me basta usar dos adjetivos para sentir la insuficiencia frente al estilo martiano; pero tenía que decir lo que dije). Para estos fragmentos del “Prólogo al Poema del Niágara“, donde Martí enuncia toda una arte poética, elegí una presentación por medio de incisos: como en otras ocasiones, para subrayar las ideas nucleares del texto; mas también, ahora, para hacer notar esa cualidad de su estilo, sentencioso en el buen y viejo sentido de la palabra.

  • No hay placer como éste de saber de dónde viene cada palabra que se usa, y a cuánto alcanza; ni hay nada mejor para agrandar y robustecer la mente que el estudio esmerado y la aplicación oportuna del lenguaje.
  • Siente uno, luego de escribir, orgullo de escultor y de pintor.
  • [Pérez Bonalde] gusta, por descontado, de que el verso brote de su pluma sonoro, bien acuñado, acicalado, mas no se pondrá como otro, frente al verso, con martillo de oro y buril de plata, y enseres de cortar y de sajar, a mellar aquí un extremo, a fortificar allí una juntura, a abrillantar y redondear la joya,
  • El verso es perla.
  • No han de ser los versos como la rosa centifolia, toda llena de hojas, sino como el jazmín de Malabar, muy cargado de esencias.
  • La hoja debe ser nítida, perfumada, sólida, tersa. Cada vasillo suyo ha de ser un vaso de aromas. El verso, por donde quiera que se quiebre, ha de dar luz y perfume.
  • Han de podarse de la lengua poética, como del árbol, todos los retoños entecos, o amarillentos, o mal nacidos, y no dejar más que los sanos y robustos, con lo que, con menos hojas, se alza con más gallardía la rama, y pasea en ella con más libertad la brisa y nace mejor el fruto.
  • Pulir es bueno, mas dentro de la mente y antes de sacar el verso al labio.
  • El verso hierve en la mente, como en la cuba el mosto. Mas ni el vino mejora, luego de hecho, por añadirle alcoholes y taninos; ni se aquilata el verso, luego de nacido, por engalanarlo con plumas y aderezos. Ha de ser hecho de una sola pieza y de una sola inspiración,porque no es obra de artesano que trabaja a cordel, sino de hombre en cuyo seno anidan cóndores, que ha de aprovechar el aleteo del cóndor.

“Prólogo al Poema del Niágara de Juan A. Pérez Bonalde” (1881). Ensayos y crónicas, Madrid: Cátedra, 2004 (Letras Hispánicas, 556), p.73-74

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6 marzo, 2014

Simbolismo en poesía y muerte de Dios: José Martí


Menguada cosa es lo relativo que no despierta el pensamiento de lo absoluto. Todo ha de hacerse de manera que lleve a la mente a lo general y a lo grande. La filosofía no es más que el secreto de la relación de las varias formas de existencia.

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Con el corazón necesitado de adorar, con la razón negada a la reverencia; creyente por instinto, incrédulo por reflexión.

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Lo pasado, ¡todo es castillo solitario y armadura vacía!; lo presente, ¡todo es pregunta, negación. cólera, blasfemia de derrota, alarido de triunfo!; lo venidero, ¡todo está oscurecido en el polvo y vapor de la batalla!

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“Pról. al Poema del Niágara de Juan A. Pérez Bonalde” (1881). Ensayos y crónicas, p.59-78. Madrid: Cátedra, 2004 (Letras Hispánicas, 556)

21 enero, 2014

Juan Ramón Jiménez: El regante granadino


Granada Generalife waterstairs 7698 7

Granada Generalife waterstairs 7698 7 (Photo credit: Wikipedia)

Se puede hallar en más de un blog; de todas maneras, siempre he querido incluir esta prosa de Juan Ramón. Cuando la lean, comprenderán por qué.

Al oscurecer estaba ya sentado en la escalerílla del agua, Generalife, Granada sola, cansado con la delicia de una tarde de sucesivo goce paradisíaco, sumido sombra sin peso ni volumen, en la sombra grande que crecía, tintando moradamente, nutriéndolo todo de celeste transparencia, hasta dejar desnudas y en su punto las estrellas.

El agua me envolvía con rumores de color y frescor sumos, cerca y lejos, desde todos los cauces, todos los chorros y todos los manantiales. Bajaba sin fin el agua junto a mi oído, que recojía, puesto a ella, hasta el más fino susurro, con una calidad contajiada, de esquisito instrumento maravilloso de armonía; mejor era, perdido en sí, no ya instrumento, música de agua, música hecha agua sucesiva, interminable. Y aquella música del agua la oía yo más cada vez y menos al mismo tiempo; menos, porque ya no era esterna, sino íntima, mía; el agua era mi sangre, mi vida, y yo oía la música de mi vida y mi sangre en el agua que corría. Por el agua yo me comunicaba con el interior del mundo. Se oía más finamente cada vez el agua granadí, a medida que el aire oscurecía y a medida que el agua sonaba; y me afinaba más, más sonando y resonando el alma, hasta hacerme no oír, decir siendo lo que ella sin duda era o decía.

…Me di cuenta, de reojo, que una sombra estrecha de hombre estaba de pie apoyada en lo blanco mate, todo solo y silencio, oído total absorto, hecho sombra aguda de hombre; otra sombra como yo, en la baranda dela escalera. Me pareció que se acercaba con esmero y vaguedad. En fin, habló en un tono que no impedía nada mi oir el agua. Y:

“Oyendo el agua, ¿eh?”

“Si, señor, le contesté poniéndome de pie en mi sueño. Y a usted también parece que le gusta oírla.”

Entre los dos, yo en un descanso empedradillo de la escalera, él del otro lado del pretil, el agua seguía viniendo, mirándonos cada segundo un instante, huyendo luego, deteniéndose quizá un punto para mirar arriba, hablando para abajo, cantando, sonriendo, sonllorando, perdiéndose, saliendo otra vez, con hipnotizante presencia y ausencia, con no sé que verdad y no sé qué mentira.

“No me ha de gustar, señor. me dijo, si hace ya treinta años que la estoy oyendo.”

“Treinta años”, le dije desde no sé qué fecha y sin saber bien los años que le decía mi boca.

“Figúrese usted las cosas que ella me habrá dicho.” Y luego: “Lo que he oído.”

Y se deslizó noche abajo, y se perdió en lo oscuro y en el agua.

Juan Ramón Jiménez, El trabajo gustoso (conferencias). México: Aguilar, 1961. Sel.y pról. Francisco Garfias, p.25-26.

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20 diciembre, 2013

Atracción del abismo: Ramos Sucre


…Las aves querenciosas del abismo…

José Antonio Ramos Sucre, “Las aves de la visionaria”, La torre de Timón.

6 diciembre, 2013

Tres templos sumergidos: Renan, López Velarde, Unamuno


Y no debemos olvidar La catedral sumergida, de Claude Debussy.

Ernest Renan: del prefacio a Souvenirs d’enfance et de jeunesse (1883)

Una de las leyendas más difundidas en Bretaña es la de la supuesta ciudad de Is, la cual, en una época desconocida, habría sido engullida por el mar. Se muestra, en diversos puntos de la costa, el emplazamiento de esta fabulosa ciudad, y los pescadores le narrarán extraños relatos. Los días de tormenta, aseguran, las puntas de los campanarios de sus iglesias asoman entre la olas; los días de calma, se escucha subir desde el abismo el tañer de sus campanas, modulando el himno del día. Con frecuencia me parece que tengo en el fondo del corazón una ciudad de Is que siempre se obstina en tañer sus campanas para convocar al oficio sagrado a unos fieles que no escuchan ya. A veces me inclino para prestar mis oídos a esas trémulas vibraciones, que me parecen venir de profundidades infinitas, como voces de otro mundo. Conforme se aproxima la vejez, sobre todo, me complace, durante el reposo del verano, recoger estos distantes sonidos de una Atlántida desaparecida.

Ramón López Velarde: “El sueño de los guantes negros” (1921)

Soñé que la ciudad estaba dentro
del más bien muerto de los mares muertos.
Era una madrugada del Invierno
y lloviznaban gotas de silencio.

No más señal viviente, que los ecos
de una llamada a misa, en el misterio
de una capilla oceánica, a lo lejos.

De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros.

Para volar a ti, le dio su vuelo
el Espíritu Santo a mi esqueleto.

Al sujetarme con tus guantes negros
me atrajiste al océano de tu seno,
y nuestras cuatro manos se reunieron
en medio de tu pecho y de mi pecho,
como si fueran los cuatro cimientos
de la fábrica de los universos.

¿Conservabas tu carne en cada hueso?
El enigma de amor se veló entero
en la prudencia de tus guantes negros.

¡Oh, prisionera del valle de México!
Mi carne [urna] de tu ser perfecto;
quedarán ya tus huesos en mis huesos;
y el traje, el traje aquel, con que su cuerpo
fue sepultado en el valle de México;
y el figurín aquel, de pardo género
que compraste en un viaje de recreo.

Pero en la madrugada de mi sueño,
nuestras manos, en un circuito eterno
la vida apocalíptica vivieron.

Un fuerte [ventarrón] como en un sueño,
libre como cometa, y en su vuelo,
la ceniza y [la hez] del cementerio
gusté cual rosa [entre tus guantes negros].

Nota de José Luis Martínez en su ed. de la colección Archivos: “En lugar de los puntos suspensivos que indicaban las palabras ilegibles en el original, se añaden, entre corchetes, posibles complementos de un colaborador anónimo.

Miguel de Unamuno: San Manuel Bueno, mártir (1930)

Y al llegar a lo de «creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable» la voz de Don Manuel se zambullía, como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba. Y yo oía las campanadas de la villa que se dice aquí que está sumergida en el lecho del lago -campanadas que se dice también se oyen la noche de San Juan- y eran las de la villa sumergida en el lago espiritual de nuestro pueblo; oía la voz de nuestros muertos que en nosotros resucitaban en la comunión de los santos.

[…]
-Ya sabes que dicen que en el fondo de este lago hay una villa sumergida y que en la noche de san Juan, a las doce, se oyen las campanadas de su iglesia.
-Sí -le contestaba yo-, una villa feudal y medieval…
-Y creo -añadía él- que en el fondo del alma de nuestro Don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanadas.
-Sí -le dije-, esa villa sumergida en el alma de Don Manuel, ¿y por qué no también en la tuya?, es el cementerio de las almas de nuestros abuelos, los de esta nuestra Valverde de Lucerna… ¡feudal y medieval!

-Y creo -añadía él- que en el fondo del alma de nuestro Don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanadas.

30 agosto, 2013

José Antonio Ramos Sucre: “Sueño”


Mi vida había cesado en la morada sin luz, un retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil, polvoso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba después en dirección ineluctable, entre figuras tenues, abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa, bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con mi voz desesperada de confinado.

De La torre de Timón

28 agosto, 2013

“El mensajero”: José Antonio Ramos Sucre (1890-1930, venezolano)


La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos, con la tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril, delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo, y mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética, añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento, y espero, sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto del pesado mensaje.

De La torre de Timón

21 mayo, 2013

Juan Ramón Jiménez: tres épocas, tres poemas


Luna Sola (de Poemas májicos y dolientes, 1911)

Cesó el clarín agudo, y la luna está triste.
Grandes nubes arrastran la nueva madrugada.
Ladra un perro alejándose, y todo lo que existe
se hunde en el abismo sin nombre de la nada.

La luna dorará un viejo camposanto…
Habrá un verdín con luna sobre una antigua almena…
En una fuente sola, será una luna en llanto…
Habrá una mar sin nadie, bajo una luna llena…

XIV (de Eternidades, 1918)

¡Oh tiempo, dame tu secreto,
que te hace más nuevo
cuanto más envejeces!

Día tras día, tu pasado
es menor, y tu porvenir más grande,
y tu presente
¡lo mismo siempre que el instante
de la flor del almendro!

¡Tiempo sin huellas:
dame el secreto con que invade,
cada día, tu espíritu a tu cuerpo!

Lo que sigue (de La estación total, 1923-1936)

Cuando en la noche, el aire ve su fuente
oculta. Está la tarde limpia como
la eternidad.
La eternidad es solo
lo que sigue, lo igual; y comunica
por armonía y luz con lo terreno.

Entramos y salimos sonriendo,
llenos los ojos de totalidad,
de la tarde a la eternidad, alegres
de lo uno y lo otro. Y de seguir,
de entrar y de seguir.
Y de salir…

(Y en la frontera de las dos verdades
exaltando su última verdad,
el chopo de oro contra el pino verde,
síntesis del destino fiel, nos dice
qué bello al ir a ser es haber sido.)