Posts tagged ‘siglo XX’

15 marzo, 2017

Fragmentos de “1915” de Manuel Gómez Morín


Nota: Los autores que emplean el enfoque generacional para estudiar la historia de México (sobre todo, la historia cultural), suelen discernir una generación de personajes que empezaron a actuar y a distinguirse en los años finales de la Revolución. En particular, Enrique Krauze (1) propone una generación formada por los nacidos entre 1891 y 1905, signada por la voluntad y la necesidad de fundar o refundarlo todo en nuestro país, después de la aniquilación del pasado porfiriano por la obra guerrera de los revolucionarios. Los caracteriza la coexistencia de un generoso entusiasmo cívico, impregnado de espiritualismo (y a veces religiosidad), y una voluntad de rigor técnico para concretar dicho impulso en realizaciones concretas: instituciones oficiales y no oficiales, culturales y políticas, disciplinas artísticas y cognoscitivas. Incluye en esta generación al grupo de los Contemporáneos.
De éstos (como lo hace notar Sheridan en Los Contemporáneos ayer), la promoción más joven (Cuesta, Villaurrutia, etc.) manifiesta solamente la voluntad de rigor (en su caso, intelectual y estético), y sustituye el entusiasmo por el escepticismo y el desapego. En cambio, los mayores, como Pellicer y Torres Bodet, presentan ambas características. Para poder situar en su contexto esa forma de “ser en el mundo” (de ser en el mundo mexicano) he elegido algunos, bien conocidos, pasajes del ensayo 1915 de Manuel Gómez Morín. Publicado en 1927, representa un esfuerzo de auto interpretación, a la que añade una serie de propuestas que llevarán, años después, a la fundación del Partido Acción Nacional.
De todo esto, sólo nos interesa el esfuerzo por comprender qué era su generación. Recomiendo sobre todo leerlo entre líneas, distanciados, con un poco de “hermenéutica de la sospecha” (cuando se ejerce el pensamiento crítico, la sospecha es la actitud de verdadero respeto).

(Tomado de Manuel Gómez Morín, 1915 y otros ensayos. México: Jus, 1973. 2a. ed.)

En torno del maestro [Antonio Caso] se formó pronto otro grupo, ya no organizado como el Ateneo, ni siquiera conocido, sino disperso; integrado por los discípulos directos de Caso o de Pedro Henríquez, por los que la Revolución había agitado ya y buscaban en el pensamiento un refugio, una explicación o una justificación de lo que entonces acontecía.
En el inolvidable curso de estética, de Altos Estudios,(2) y en las conferencias sobre el cristianismo, en la Universidad Popular,(3) estaban González Martínez, y Saturnino Herrán y Ramón López Velarde y otros más jóvenes. Todos llevados allí por el mismo impulso.
En esos días Caso labraba su obra de maestro abriendo ventanas espirituales, imponiendo la supremacía del pensamiento y, con ese anticipo de visión propia del arte, en tono con las más hondas corrientes del momento, González Martínez recordaba el místico sentido profundo de la vida, Herrán pintaba a México, López Velarde cantaba un México que todos ignorábamos viviendo en él.
[…]
Y con optimista estupor nos dimos cuenta de insospechadas verdades. Existía México. México como país con capacidades, con aspiración, con vida, con problemas propios. […]
¡Existían México y los mexicanos!
La política “colonial” del porfirismo nos había hecho olvidar esta verdad elemental. ¡Y qué riqueza de emociones, de tanteos, de esperanzas, nacieron de este descubrimiento! Sobre todo, ¡qué abismos de ignorancia de nosotros mismos se abrieron luego, incitándonos —incapacitados como estábamos a investigarlos y todos llenos del misterio— a salvarlos con el salto místico de la afirmación rotunda, de la fe en una milagrosa revelación de la confianza en nuestra recién hallada vitalidad!
Y en el año de 1915, cuando más seguro parecía el fracaso revolucionario, cuando con mayor estrépito se manifestaban los más penosos y ocultos defectos mexicanos y los hombres de la Revolución vacilaban y perdían la fe, cuando la lucha parecía estar inspirada nomás por bajos apetitos personales, empezó a señalarse una nueva orientación.
El problema agrario, tan hondo y tan propio, surgió entonces con un programa mínimo definido ya, para ser el tema central de la Revolución. El problema obrero fue formalmente inscrito, también en la bandera revolucionaria. Nació el propósito de reivindicar todo lo que pudiera pertenecernos: el petróleo y la canción, la nacionalidad y las ruinas. Y en un movimiento expansivo de vitalidad, reconocimos la substantiva unidad iberoamericana extendiendo hasta Magallanes el anhelo.
La necesidad política y el ciego impulso vital obligaron a los jefes de un bando a tolerar expresamente estos postulados que tácitamente el pueblo perseguía desde antes. El oportunismo y una profunda inspiración de algunos permitieron el feliz cambio que estos nuevos propósitos vinieron a obrar en una revuelta que para sus líderes mayores era esencialmente política.
[…] La afirmación del libre albedrío, la campaña anti-intelectualista, la postulación del desinterés como esencia de la vida y de la intuición como forma del conocimiento, la iniciación panteísta que “busca en todas las cosas un alma y un sentido ocultos”, la revelación artística inicial de insospechadas bellezas y capacidades criollas e indígenas, las penas terribles, a la grave confusión y al hondo anhelo que traían los sucesos políticos, para formar un sentimiento en que se mezclaban sin discernimiento pero con gran fuerza mística, un incipiente socialismo sentimental, universalista y humanitario, con un nacionalismo hecho solamente de atisbos y promesas, reivindicaciones de vagas aptitudes indígenas y de inmediatas riquezas materialistas; una creencia religiosa en lo popular junto con la proclamación de la superioridad del genio y del caudillo; un culto, igualmente contradictorio, de la acción, y a la vez, del misterioso e incontrolable acontecimiento que milagrosamente debe realizar el sino profundo de los pueblos y de los hombres (19-21).
[…]
Y va tomando contornos precisos una convicción intelectual que depurará las anteriores verdades provisionales.
En varias ocasiones ha parecido llegado el momento de la revelación. Así fue, por ejemplo, en 1920, cuando se inició con prestigio apostólico la obra de Vasconcelos.
La turbulencia política ha sido una causa que detiene esa revelación. Pero, en realidad, para retardar el advenimiento que esperamos, hay algo más fuerte que los acontecimientos políticos.
Es la desvinculación en que viven los que desean ese advenimiento. Dispersos en la República, ignorándose unos a otros, combatiéndose muchas veces por pequeña pasión o por diferencias verbales, hay millares de gentes -la Generación de 1915 -que tienen un mismo propósito puro, que podrían definir el inexpresado afán popular que mueve nuestra historia.
Porque realmente existe una nueva generación en México (26).

Notas

  1. V. “Cuatro estaciones de la cultura mexicana”, ensayo que se puede consultar aquí.
  2. La Escuela de Altos Estudios de la Universidad Nacional, antecedente de la Facultad de Filosofía y Letras.
  3. Movimiento impulsado por miembros de la generación ateneísta. Su propósito era difundir los bienes de la cultura en los sectores populares, por medio de conferencias, conciertos, etc.
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16 junio, 2015

Un mapa poético de México en Poemaria


instantánea1

3 marzo, 2015

Alejandra Pizarnik: “Origen”


Hay que salvar al viento
Los pájaros queman el viento
en los cabellos de la mujer solitaria
que regresa de la naturaleza
y teje tormentos
Hay que salvar al viento

De La ultima inocencia

2 octubre, 2014

K. Rexroth: ¿Qué es el cubismo en poesía?


¿ Qué es el cubismo en poesía? Es la disociación y recombinación consciente y deliberada de elementos dentro de una nueva entidad artística, que se vuelve autosuficiente gracias a su rigurosa arquitectura. Esto es muy diferente a la libre asociación de los surrealistas o a la combinación de balbuceo inconsciente y nihilismo político de Dada.

Kenneth Rexroth: “Pierre Reverdy”. T. Guadalupe Alemán. El Poeta y su Trabajo, 3, primavera 2001, p.4.

12 mayo, 2014

Un bebé mecánico de Alan Turing


02 Daniel Mroz, illus. for The Cyberiad by Lem

02 Daniel Mroz, illus. for The Cyberiad by Lem (Photo credit: 50 Watts)

Todos recordamos los “Dos animales metafísicos”, el de Condillac y el de Lotze, recordados (¿reblogueados?) por Borges en su Manual de zoología fantástica.
El de Condillac en realidad es una estatua de mármol, destinada a refutar las” ideas innatas” de Descartes.

Condillac empieza por conferir un solo sentido a la estatua: el olfativo, quizás el menos complejo de todos. Un olor a jazmín es el principio de la biografía de la estatua; por un instante, no habrá sino ese olor en el universo; mejor dicho, ese olor será el universo, que, un instante después, será olor a rosa, y después a clavel. Que en la conciencia de la estatua haya un olor único, y ya tendremos la atención; que perdure un olor cuando haya cesado el estimulo, y tendremos la memoria; que.. una impresión actual y una del pasado ocupen la atención de la estatua, y tendremos la comparación; que la estatua perciba analogías y diferencias, y tendremos el juicio; que la comparación y el juicio ocurran de nuevo, y tendremos la reflexión; que un recuerdo agradable sea más vívido que una impresión desagradable, y tendremos la imaginación.

El siguiente monstruo filosófico recordado por Borges es el “animal hipotético” de Lotze, ser que tiene por misión volver innecesarias las categorías kantianas.

Más solitario que la estatua que huele rosas y que finalmente es un hombre, este animal no tiene en la piel sino un punto sensible y movible, en la extremidad de una antena. Su conformación le prohibe, como se ve, las percepciones simultáneas. Lotze piensa que la capacidad de retraer o proyectar su antena sensible bastará para que el casi incomunicado animal descubra el mundo externo (sin el socorro de las categorías kantianas) y distinga un objeto estacionario de un objeto móvil.

Borges pudo haber añadido este otro, propuesto por Alan Turing en 1948 bajo el título “Maquinaria inteligente: una teoría de herejes”. Su objetivo es postular la factibilidad de unas “máquinas que simularán el comportamiento de la mente humana de manera muy aproximada”. Atocha Aliseida traduce éste y algunos pasajes, y resume de este modo la propuesta de Turing:

Inicialmente, dice: una máquina es como un bebé al que hay que enseñar diversas tareas. A través de la educación, este crío puede convertirse en un infante, y eventualmente en un adulto. El aprendizaje se da por medio de la experiencia; esto es, gracias a la interacción con un instructor humano, quien no sólo le enseña tareas matemáticas y de otra índole intelectual, sino que también expone a la máquina a sensaciones. Por ejemplo, el instructor le enseña a reconocer los estados de dolor y de placer, de tal manera que, basada en experiencias anteriores, la máquina eventualmente distingue las experiencias dolorosas de las placenteras
Es clave que la máquina cuente con una memoria que le permitirá almacenar experiencias pasadas y usar- no será infalible: cometerá errores, mismos que le serán señalados por el instructor –a través de castigos–, lo que formará parte de su educación, al parecer de carácter conductista.

Atocha Aliseida, “¿Inteligencia mecánica? La pregunta de Alan Turing”. Ciencia, oct.-dic. 2013, vol. 64, núm. 4.
(Disponible en línea: http://www.revistaciencia.amc.edu.mx/images/revista/64_4/PDF/InteligenciaMecanica.pdf).

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4 mayo, 2014

A. Turing (1912-1954). Semblanza en la revista Ciencia


Bletchley Park - Block B - The Bletchley Park ...

Bletchley Park – Block B – The Bletchley Park Story – Statue of Alan Turing – by Stephen Kettle (Photo credit: ell brown)

La vida de Turing es un símbolo de lo amplia y variada que es la ciencia de la computación. Turing era una persona compleja: publica su artículo con el modelo fundamental apenas a la edad de 24 años. A la vez retraído y sociable, generoso; fue el típico científico distraído y descuidado en su vestir. Fue un corredor serio, al grado de haber llegado en tercer lugar en la clasificación para los XIV Juegos Olímpicos de Londres en 1948. Winston Churchill afirmó que Turing había hecho la contribución individual más grande a la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, por su papel en el rompimiento de los códigos secretos de comunicación de los alemanes. Sin embargo, Turing fue perseguido por su homosexualidad y tuvo que enfrentarse a la disyuntiva de ir a la cárcel o someterse a un tratamiento hormonal para “curarlo”. Después de padecer durante un tiempo las terribles consecuencias del tratamiento, Turing murió a los 41 años de edad.

Fco. Hernández Quiroz y Sergio Rajsbaum, “Presentación. Alan Turing y la computación”. Ciencia. Revista de la Academia Mexicana de Ciencias, oct.-dic. 2013, p.8.

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6 abril, 2014

Francisco Tario: “Hoy tuve carta del ahogado…”


―Hoy tuve carta del ahogado ―dije. Y mi madre, que tendía la ropa al sol allá en el huerto de nuestra casa, me miró desganadamente como advirtiéndome: “No deberías gastarme esas bromas”. O: “Estás creciendo demasiado aprisa”.

Francisco Tario, “Un huerto junto al mar”, en Una violeta de más. México: Joaquín Mortiz, 1968.

12 marzo, 2014

Gilberto Owen: Poesía ―¿pura?― plena


Portrait of Stéphane Mallarmé, by Eduard Manet...

Portrait of Stéphane Mallarmé, by Eduard Manet, 1876 (Photo credit: Wikipedia)

Poesía ―¿pura?― plena

Ejemplo y sugestión

Sin llegar a los extremos del Abate Bremond (1), que como tales se tocan con los del señor Souday (2), no es ninguna audacia afirmar que poesía pura es la aspiración de una secta religiosa —con credo y ritual— fundada en Boston por un químico (3), “demonio de la lucidez”, el primero en disociar, con una sagacidad antes nunca vista —acaso, sí, en Descartes—, elementos que hasta ahí se habían considerado inevitable alianza de la poesía —narración, elocuencia, etc. Ha quedado por ahora en calidad de aspiración, y sería ingenuo demostrar aquí por qué.

En sus evangelios, publicados hacia 1831, precisamente cuando el huracán romántico ensordecía hasta a los más atentos europeos (“¿quién o qué es eso que se defiende del análisis con el ruido?”, era la poesía en las gargantas de casi todo el ochocientos, Juan Ramón), se limitaban y se separaban, por primera vez también, la razón, 1a pasión y la poesía.

Baudelaire fue su profeta, químico lo mismo que todos sus fieles, el muy sensual, pero en vez de la química inorgánica, aséptica, de aquél, se puso a estudiar una química orgánica y corruptible. Fue así su primer hereje.

Hemos mencionado un credo; su primer mandamiento, en efecto, es la fe: fe en la presencia invisible de la poesía, fe, como la paloma kantiana, en que se puede volar mejor en el vacío, sin la resistencia del aire (4). El milagro es que esta fe no fuera defraudada del todo y que, a sesenta kilómetros sobre el nivel del mar, un hombre que exhibía con dandismo su incompetencia para lo que no fuera el absoluto pudiera, si no conseguirlo, sí alcanzar al menos una estimable relatividad generalizada (5), cazando certero esa sensualidad abstracta que sigue siendo la mejor pieza cobrada por los puristas.

Sensualidad abstracta: esto había de resultar al mezclarse en la retorta (6) la inteligencia analítica con la sensualidad formal de su profeta francés, y es éste el fracaso inicial en la serie de fracasos que hacen la historia que venimos reseñando, ya que, según los experimentos de laboratorio, poesía había de ser tan sólo el ruido inimitable del choque de la inteligencia con la belleza, pero para traducirse en creación durable ―pues poesía, en griego poiesis, hacer, y por antonomasia la cosa hecha, la creación, es esto antes que nada: invención, creación humana expresiva— tiene que recurrir al lenguaje, que es materia sensual.

Recogen la herencia de Baudelaire dos poetas, Rimbaud y Mallarmé. Del primero, de quien arranca la línea Claudel-Max Jacob-Dadá-Superrealismo (7), no hemos de ocupamos aquí, ya que se trata de historiar la iglesia purista y no la católica, la ideología mística. Explicaremos: el testamento de Baudelaire está todo en aquella frase en que se reconoce a la vez hipnotizador y sonámbulo; a Rimbaud le toca en suerte ser el alucinado; explicaremos aún: el cristianismo, el catolicismo mejor, lo vemos en Baudelaire subordinado al arte; en Rimbaud al revés. Una final distinción: el sonámbulo vive en un mundo ideal de sueño; el magnetizador (8), Mallarmé, agranda hacia arriba la realidad. Mundo real, aunque de naturalezas muertas, el suyo, incita a perseguir posibilidades indefinidas, que a la postre, es cierto, no vienen a ser sino imposibilidades en que el poeta zozobra —de l’éternel azur la sereine ironie accable le poète impuissant (9).

Éste, pues, había de heredar la parte mejor o peor, la Iglesia de Occidente de la poesía. Y, Eva posterior al pecado original, había de ser su preocupación continua redimirse de él por el bautismo y la vigilia; inició entonces los experimentos a que hemos aludido, a una altura de asfixia que mataría a cualquiera sin su larga paciencia (10) —¿genio?, le repugnaría acaso esto— y que, como lo demuestra la atenta lectura de La crisis del verso (11), trataban de redimir en parte a la poesía pura de su fatal impureza plástica, afinando el lenguaje hasta inmaterializarlo casi en una alquimia que arrancaba a las palabras su significación (esto es lo contrario de decir: su expresión, según Ortega y Gasset en un ensayo último), formando con ellas una “frase total, nueva, extraña a la lengua”. El verdadero y patético drama mallarmeano es en verdad este dilema entre el mutismo y la impureza, este problema de la sensualidad en la poesía pura, que él trató de resolver, naturalmente, eliminando a la sensación para quedarse con la abstracción, sin comprender a qué peligro de música se acercaba, ni la herejía que era adorar a la poesía en un becerro de humo sonoro (12). Había una vez un músico ciego que confundió a su mujer con un violín y murió de no lograr nunca afinarla.

El pontífice actual es un apóstata; el abate Bremond, más papista que Valéry, lo ha denunciado. Ved así consumado el destino de esta secta religiosa de la poesía pura, que, como en El hombre que fue jueves (13), sólo ha contado entre sus adeptos a herejes y apóstatas.

¿Vamos a desdeñar por sus fracasos, tan dramáticos, esta larga tradición de poesía pura inalcanzable? Aprovechémosla, mejor, enseñanza valiosa, y después de tantos años de análisis ensayemos un poco la síntesis.

La poesía pura es rara e improbable, ha dicho Valéry, y sólo puede proceder por maravillas excepcionales (14). Hilo tan fino y sutil que lo rompe su propio peso en extensión mayor a la de un solo verso, optemos por torcer su seda con un poco de lino. Por nuestra parte, preferimos asociar su ideal al de una poesía íntegra, resultante del equilibrio de sus elementos esenciales y formales, como lo esbozábamos al comentar los poemas de un amigo nuestro. ¿Necesitaremos repetir que esta poesía de que hablamos no es obra de sólo la imaginación —no fantasía, entendámonos (15)—, de ninguna manera de sólo la inspiración, y que el equilibrio sólo puede conseguirlo un despierto criticismo, no extremado, naturalmente, como lo vimos en la lección que acabamos de repasar?

A poesía, pura, aspiración imposible, oponemos poesía plena, modestos. Su fórmula estética se integraría por dos cualidades básicas, arbitrariedad y desinterés, y su formalidad expresiva —elaboración en metáforas de un sistema del mundo— requeriría una afinación del estilo a que obliga al escritor el nacimiento de un arte nuevo, el cinematógrafo, por su superioridad en el dominio del movimiento y de la imagen visual inmediata. (Esta necesidad de afinar más y más el estilo, de perfeccionar el oficio y su utilería, se manifiesta no sólo en la poesía, también en la novela y en el teatro, con Giraudoux y Jarnés, con Crommelynck (16) y el Azorín del Old Spain.) Sólo teniendo en cuenta lo anterior es posible crear, imperativo del artista. ¿Coincidirá nuestra fórmula con la de la poesía creacionista, realizada por Gerardo Diego? Sin conocerla, sin saber si ha tomado ya cuerpo de doctrina, sospechamos que sí, con alegría, tan presente él en todo lo actual-permanente.

La idea de arbitrariedad, que Lalou define como una compleja alquimia, creadora de filtros mágicos, es la que llevó a Valéry a integrar la poesía pura en la máquina del lenguaje clásico, esto es, en la retórica, palabra que va adquiriendo renovado prestigio.

No pretendemos afirmar, ¡claro! que la retórica, o siquiera la poética, sea la poesía. Pero sí su técnica, su materia expresiva, aquello que salvó siempre del estado místico de mutismo a todos los puristas. El error de Mallarmé nos parece ahora haber sido el empeñarse en confundir, en identificar el vaso con el contenido, como si pretendiera que el vaso fuera también de agua, ni siquiera de hielo (17).

El agua clara, decimos nosotros, y el vaso de cristal, del más transparente y sonoro cristal, pero tampoco vacío —oh escarmiento, oh ejemplo próximo de Díaz Mirón, del Díaz Mirón último y de gran parte del otro—. Al decir lo anterior, nos viene a la memoria una antigua fórmula en que deseábamos poesía limpia como agua corriente, H2O; ahora explicaremos que el coeficiente se refiere mejor a la inteligencia, y que de vida nos conformamos con aquellos datos suyos que puedan reducirse a valores artísticos.

Poesía plena, equilibrio: palabras nuevas, imágenes e ideas nuevas, y, por de dentro, presente e invisible, la parte de Dios, el fluido —oh Cocteau ineludible—, la poesía pura.

Vamos, contemporáneos de aquí y de todas partes, vamos libertando a la poesía pura, amigos. Démosle un cuerpo digno de ella, porque un alma libre en el vacío es en realidad un alma prisionera. Vamos, contemporáneos amigos, vamos a intentar una obra sensual purificada, con inteligencia y desinterés; acaso, a la postre, nos resulte una “maravilla excepcional”, y, sin acaso —un golpe de dados sí abolirá al azar—, de todas maneras, una obra con solidez, novedad y definición.

“Está permitido a veces, imagino —decía Baudelaire en el documento que lo acusa de plagio—, citarse a sí mismo para evitar parafrasearse.” Citaremos, pues, para terminar, un poema nuestro, viejo de muchos años, que encierra esta aspiración que desde entonces nos ganaba ya profundamente (18):

PUREZA

¿Nada de Amor —¡de nada!— para mí?
Yo pedía 1a frase con relieve, la palabra
hecha carne de alma, luz tangible,
y un rayo de sol último, en tanto hacía luz
el confuso piar de mis polluelos.
Ya para entonces se me había vuelto
el diálogo monólogo,
y el río, Amor ―el río: espejo que anda―,
llevaba mi mirada al mar sin mí.
¡Qué puro eco tuyo, de tu grito
hundido en el ocaso, Amor, la Luna,
espejito celeste, Poesía!

México, martes 22 de febrero de 1927.

Tomado de Gilberto Owen. Obras. Letras Mexicanas. FCE, 1979. Las notas son mías.

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26 febrero, 2014

Carlos Pellicer: “Nocturno” (No tengo tiempo de mirar…) y “Tema para un nocturno”


Nocturno

No tengo tiempo de mirar las cosas
como yo lo deseo.
Se me escurren sobre la mirada
y todo lo que veo
son esquinas profundas rotuladas con radio
donde leo la ciudad para no perder tiempo.
Esta obligada prisa que inexorablemente
quiere entregarme el mundo con un dato pequeño.
¡Este mirar urgente y esta voz en sonrisa
para un joven que sabe morir por cada sueño!
No tengo tiempo de mirar las cosas,
casi las adivino.
Una sabiduría ingénita y celosa
me da miradas previas y repentinos trinos.
Vivo en doradas márgenes; ignoro el central gozo
de las cosas. Desdoblo siglos de oro en mi ser.
Y acelerando rachas –quilla o ala de oro–,
repongo el dulce tiempo que nunca he de tener.

De 6, 7 poemas, 1924

Tema para un nocturno

Cuando hayan salido del reloj todas las hormigas
y se abra –por fin– la puerta de la soledad,
la muerte
ya no me encontrará.
Me buscará entre los árboles, enloquecidos
por el silencio de una cosa tras otra.
No me hallará en la altiplanicie deshilada
sintiéndola en la fuente de una rosa.
Estoy partiendo el fruto del insomnio
con la mano acuchillada por el azar.
Y la casa está abierta de tal modo,
que la muerte ya no me encontrará.
Y ha de buscarme sobre los árboles y entre las nubes.
(¡Fruto y color la voz encenderá!)
Y no puedo esperarla: tengo cita
con la vida, a las luces de un cantar.
Se oyen pasos –¿muy lejos?–… todavía
hay tiempo de escapar.
Para subir la noche sus luceros,
un hondo son de sombras cayó sobre la mar.
Ya la sangre contra el corazón se estrella.
Anochece tan claro que me puedo desnudar.
Así, cuando la muerte venga a buscarme,
mi ropa solamente encontrará.

31 de octubre de 1945

Subordinaciones, 1949

21 enero, 2014

Juan Ramón Jiménez: El regante granadino


Granada Generalife waterstairs 7698 7

Granada Generalife waterstairs 7698 7 (Photo credit: Wikipedia)

Se puede hallar en más de un blog; de todas maneras, siempre he querido incluir esta prosa de Juan Ramón. Cuando la lean, comprenderán por qué.

Al oscurecer estaba ya sentado en la escalerílla del agua, Generalife, Granada sola, cansado con la delicia de una tarde de sucesivo goce paradisíaco, sumido sombra sin peso ni volumen, en la sombra grande que crecía, tintando moradamente, nutriéndolo todo de celeste transparencia, hasta dejar desnudas y en su punto las estrellas.

El agua me envolvía con rumores de color y frescor sumos, cerca y lejos, desde todos los cauces, todos los chorros y todos los manantiales. Bajaba sin fin el agua junto a mi oído, que recojía, puesto a ella, hasta el más fino susurro, con una calidad contajiada, de esquisito instrumento maravilloso de armonía; mejor era, perdido en sí, no ya instrumento, música de agua, música hecha agua sucesiva, interminable. Y aquella música del agua la oía yo más cada vez y menos al mismo tiempo; menos, porque ya no era esterna, sino íntima, mía; el agua era mi sangre, mi vida, y yo oía la música de mi vida y mi sangre en el agua que corría. Por el agua yo me comunicaba con el interior del mundo. Se oía más finamente cada vez el agua granadí, a medida que el aire oscurecía y a medida que el agua sonaba; y me afinaba más, más sonando y resonando el alma, hasta hacerme no oír, decir siendo lo que ella sin duda era o decía.

…Me di cuenta, de reojo, que una sombra estrecha de hombre estaba de pie apoyada en lo blanco mate, todo solo y silencio, oído total absorto, hecho sombra aguda de hombre; otra sombra como yo, en la baranda dela escalera. Me pareció que se acercaba con esmero y vaguedad. En fin, habló en un tono que no impedía nada mi oir el agua. Y:

“Oyendo el agua, ¿eh?”

“Si, señor, le contesté poniéndome de pie en mi sueño. Y a usted también parece que le gusta oírla.”

Entre los dos, yo en un descanso empedradillo de la escalera, él del otro lado del pretil, el agua seguía viniendo, mirándonos cada segundo un instante, huyendo luego, deteniéndose quizá un punto para mirar arriba, hablando para abajo, cantando, sonriendo, sonllorando, perdiéndose, saliendo otra vez, con hipnotizante presencia y ausencia, con no sé que verdad y no sé qué mentira.

“No me ha de gustar, señor. me dijo, si hace ya treinta años que la estoy oyendo.”

“Treinta años”, le dije desde no sé qué fecha y sin saber bien los años que le decía mi boca.

“Figúrese usted las cosas que ella me habrá dicho.” Y luego: “Lo que he oído.”

Y se deslizó noche abajo, y se perdió en lo oscuro y en el agua.

Juan Ramón Jiménez, El trabajo gustoso (conferencias). México: Aguilar, 1961. Sel.y pról. Francisco Garfias, p.25-26.

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