Posts tagged ‘siniestro’

5 mayo, 2016

X. Villaurrutia y G. Owen al filo de las doce (nocturnos)


Xavier Villaurrutia

Nocturno

Todo lo que la noche
dibuja con su mano
de sombra:
el placer que revela,
el vicio que desnuda.

Todo lo que la sombra
hace oír con el duro
golpe de su silencio:
las voces imprevistas
que a intervalos enciende,
el grito de la sangre,
el rumor de unos pasos
perdidos.

Todo lo que el silencio
hace huir de las cosas:
el vaho del deseo,
el sudor de la tierra,
la fragancia sin nombre
de la piel.

Todo lo que el deseo
unta en mis labios:
la dulzura soñada
de un contacto,
el sabido sabor
de la saliva.

Y todo lo que el sueño
hace palpable:
la boca de una herida,
la forma de una entraña,
la fiebre de una mano
que se atreve.

¡Todo!
circula en cada rama
del árbol de mis venas,
acaricia mis muslos,
inunda mis oídos,
vive en mis ojos muertos,
muere en mis labios duros.

Nocturno de la estatua

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina.

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo.
Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista
y jugar con las fichas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: «estoy muerta de sueño».

De Nostalgia de la muerte, 1938

Gilberto Owen

Naipe

Estoy escuchando tras la puerta. No es correcto, pero hablan de mí: he oído mi nombre, Juan, Francisco, qué se yo cuál, pero mío. El hombre que es sólo una fotografía de mi padre —nada más, en la noche, el rostro y la barba más blancos que la blancura—, ese hombre afirma que es yo; alza la voz: “…como me llamo…” No oigo bien el final, pero comprendo que ha pronunciado mi nombre, pues de pronto se le ha oscurecido el rostro también y ya sólo se ve su barba caudal.
Vamos por esa alta vereda, una línea sólo, una alambre a lo más, del filo de las doce. Y cabe él a mi lado, sin embargo, porque es el retrato de mi padre. Si cambiara su paso, si no fuera tan igual al mío, para no sentirme tan solo; si su voz sonara distinta, y en otra boca que la mía, para no mascarme la lengua.
Hay una lámpara a la derecha; acaso el sol. En ella se suicidan mariposas de rostros mal recordados. Él, como está desudo, se empeña en ir del otro lado, vestido de mi sombra; es tan leve, que le basta apoyarse en la sombrea de mi bastón para no cansarse nunca.
En este naipe se dibuja, arriba, un jack de corazones, en la mitad de abajo un rey de espadas insomne, que es su relejo absurdo, limitados por la línea invisible del filo de las doce. Pues soy demasiado lampiño para mi sombra, espejo que anticipa medio siglo la imagen.

De Línea, 1930

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12 mayo, 2014

Un bebé mecánico de Alan Turing


02 Daniel Mroz, illus. for The Cyberiad by Lem

02 Daniel Mroz, illus. for The Cyberiad by Lem (Photo credit: 50 Watts)

Todos recordamos los “Dos animales metafísicos”, el de Condillac y el de Lotze, recordados (¿reblogueados?) por Borges en su Manual de zoología fantástica.
El de Condillac en realidad es una estatua de mármol, destinada a refutar las” ideas innatas” de Descartes.

Condillac empieza por conferir un solo sentido a la estatua: el olfativo, quizás el menos complejo de todos. Un olor a jazmín es el principio de la biografía de la estatua; por un instante, no habrá sino ese olor en el universo; mejor dicho, ese olor será el universo, que, un instante después, será olor a rosa, y después a clavel. Que en la conciencia de la estatua haya un olor único, y ya tendremos la atención; que perdure un olor cuando haya cesado el estimulo, y tendremos la memoria; que.. una impresión actual y una del pasado ocupen la atención de la estatua, y tendremos la comparación; que la estatua perciba analogías y diferencias, y tendremos el juicio; que la comparación y el juicio ocurran de nuevo, y tendremos la reflexión; que un recuerdo agradable sea más vívido que una impresión desagradable, y tendremos la imaginación.

El siguiente monstruo filosófico recordado por Borges es el “animal hipotético” de Lotze, ser que tiene por misión volver innecesarias las categorías kantianas.

Más solitario que la estatua que huele rosas y que finalmente es un hombre, este animal no tiene en la piel sino un punto sensible y movible, en la extremidad de una antena. Su conformación le prohibe, como se ve, las percepciones simultáneas. Lotze piensa que la capacidad de retraer o proyectar su antena sensible bastará para que el casi incomunicado animal descubra el mundo externo (sin el socorro de las categorías kantianas) y distinga un objeto estacionario de un objeto móvil.

Borges pudo haber añadido este otro, propuesto por Alan Turing en 1948 bajo el título “Maquinaria inteligente: una teoría de herejes”. Su objetivo es postular la factibilidad de unas “máquinas que simularán el comportamiento de la mente humana de manera muy aproximada”. Atocha Aliseida traduce éste y algunos pasajes, y resume de este modo la propuesta de Turing:

Inicialmente, dice: una máquina es como un bebé al que hay que enseñar diversas tareas. A través de la educación, este crío puede convertirse en un infante, y eventualmente en un adulto. El aprendizaje se da por medio de la experiencia; esto es, gracias a la interacción con un instructor humano, quien no sólo le enseña tareas matemáticas y de otra índole intelectual, sino que también expone a la máquina a sensaciones. Por ejemplo, el instructor le enseña a reconocer los estados de dolor y de placer, de tal manera que, basada en experiencias anteriores, la máquina eventualmente distingue las experiencias dolorosas de las placenteras
Es clave que la máquina cuente con una memoria que le permitirá almacenar experiencias pasadas y usar- no será infalible: cometerá errores, mismos que le serán señalados por el instructor –a través de castigos–, lo que formará parte de su educación, al parecer de carácter conductista.

Atocha Aliseida, “¿Inteligencia mecánica? La pregunta de Alan Turing”. Ciencia, oct.-dic. 2013, vol. 64, núm. 4.
(Disponible en línea: http://www.revistaciencia.amc.edu.mx/images/revista/64_4/PDF/InteligenciaMecanica.pdf).

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1 diciembre, 2013

Necrofilia, vampirismo y blasfemia en Valle-Inclán, Sonata de otoño


Rodeó mi cuello, y con una mano levantó los senos, rosas de nieve que consumía la fiebre. Yo entonces la enlacé con fuerza, y en medio del deseo, sentí como una mordedura el terror de verla morir. Al oírla suspirar, creí que agonizaba. La besé temblando como si fuese a comulgar su vida. Con voluptuosidad dolorosa y no gustada hasta entonces, mi alma se embriagó en aquel perfume de flor enferma que mis dedos deshojaban consagrados e impíos. Sus ojos se abrieron amorosos bajo mis ojos. ¡Ay! Sin embargo, yo adiviné bajo ellos un gran sufrimiento. Al día siguiente Concha no pudo levantarse.

1 diciembre, 2013

Una aparición (Sonata de otoño, de Valle-Inclán)


Castaños en otoño

Castaños en otoño (Photo credit: Wikipedia)

Penetré bajo la oscura avenida de castaños cubierta de hojas secas. En el fondo distinguí el Palacio con todas las ventanas cerradas y los cristales iluminados por el sol. De pronto vi una sombra blanca pasar por detrás de las vidrieras, la vi detenerse y llevarse las dos manos a la frente. Después la ventana del centro se abría con lentitud y la sombra blanca me saludaba agitando sus brazos de fantasma. Fue un momento no más. Las ramas de los castaños se cruzaban y dejé de verla. Cuando salí de la avenida alcé los ojos nuevamente hacia el Palacio. Estaban cerradas todas las ventanas: ¡aquélla del centro también! Con el corazón palpitante penetré en el gran zaguán oscuro y silencioso.