De pronto, perdido en mi laberinto de imaginaciones, allá donde el gótico recargado quiere ya humanizarse, ser barroco, tomar cuerpo y beberse el alma, para luego orinarla en una picha de fuente de piedra, de pronto, entre el sol y la sombra, solo y buscando a las dos mujeres por la cuadratura de San Gregorio —Luna nos había llevado a ver el patio, tan cercano de casa, a Criselda y a mí, en aquella hora muerta de la tarde—, de pronto ambas en un rincón, en una esquina, donde el sol ya se iba, y la niña con la cabeza en una de las finas columnatas, y los ojos cerrados, más mora sobre la piedra blanca, y Luna besándole el cuello, las orejas, los pómulos, los párpados, la frente y la boca.
Quedé quieto, silencioso, no había nadie en el claustro, quedé protegido por la confusión armoniosa de la teología y la piedra, tejida para este instante tantos siglos ha, y por entre el calado vi el amor de ambas, cómo la niña esclava se dejaba hacer, la cabeza de Luna, musicalmente envuelta en sus sargas, contra los pechos de Criselda, y su mano de reina, su mano derecha, rápida como un reptil, con un diamante instantáneo de sol en el metal, desapareciendo bajo la ropa de la morita, a la busca de aquellos pechos/amapolas […]. Una fuente era el costurón de agua de la tarde y todo el cielo azul venía a anidar, como un solo vencejo, en el calado de la piedra de San Gregorio. Una campana teologal empezó a sonar.
Francisco Umbral, Los helechos arborescentes