Como telas de araña son las leyes,
que prenden a la mosca y no al milano.
J. Setantí (m. 1617), Centellas de varios conceptos…, en J.M. Blecua, Poesía de la Edad de Oro
Álbum de literatura y territorios vecinos
Como telas de araña son las leyes,
que prenden a la mosca y no al milano.
J. Setantí (m. 1617), Centellas de varios conceptos…, en J.M. Blecua, Poesía de la Edad de Oro
En el siniestro brazo recostada
de su amado pastor, Silvia dormía,
y con la diestra mano la tenía
con un estrecho abrazo a sí allegada.
Y de aquel dulce sueño recordada,
le dijo: «El corazón del alma mía
vela, y yo duermo. ¡Ay! Suma alegría,
cuál me tiene tu amor tan traspasada.
Ninfas del paraíso soberanas,
sabed que estoy enferma y muy herida
en unos abrasadísimos amores.
Cercadme de odoríferas manzanas,
pues me veis, como fénix, encendida,
y cercadme también de amenas flores».
Luisa de Carvajal (1566-1614)
El Dante iba todos los sábados a la peluquería para que le recortasen la corona de laurel.
En resumidas cuentas, el Pensador de Rodin será el hombre que más tiempo ha estado sentado en el retrete.
R. Gómez de la Serna, Greguerías, sel. y ed. de Rodolfo Cardona
De pronto, perdido en mi laberinto de imaginaciones, allá donde el gótico recargado quiere ya humanizarse, ser barroco, tomar cuerpo y beberse el alma, para luego orinarla en una picha de fuente de piedra, de pronto, entre el sol y la sombra, solo y buscando a las dos mujeres por la cuadratura de San Gregorio —Luna nos había llevado a ver el patio, tan cercano de casa, a Criselda y a mí, en aquella hora muerta de la tarde—, de pronto ambas en un rincón, en una esquina, donde el sol ya se iba, y la niña con la cabeza en una de las finas columnatas, y los ojos cerrados, más mora sobre la piedra blanca, y Luna besándole el cuello, las orejas, los pómulos, los párpados, la frente y la boca.
Quedé quieto, silencioso, no había nadie en el claustro, quedé protegido por la confusión armoniosa de la teología y la piedra, tejida para este instante tantos siglos ha, y por entre el calado vi el amor de ambas, cómo la niña esclava se dejaba hacer, la cabeza de Luna, musicalmente envuelta en sus sargas, contra los pechos de Criselda, y su mano de reina, su mano derecha, rápida como un reptil, con un diamante instantáneo de sol en el metal, desapareciendo bajo la ropa de la morita, a la busca de aquellos pechos/amapolas […]. Una fuente era el costurón de agua de la tarde y todo el cielo azul venía a anidar, como un solo vencejo, en el calado de la piedra de San Gregorio. Una campana teologal empezó a sonar.
Francisco Umbral, Los helechos arborescentes
El descubrimiento de estas tres constantes fundamentales [la longitud de Planck, la velocidad de la luz y la constante de Planck] pone un límite a lo que parecían posibles elementos infinitos de la naturaleza. Nos muestra que, muchas veces, lo que parece infinito no es sino algo que aún no hemos entendido o contado. […] «Infinito», en realidad, es sólo el nombre que damos a lo que aún no conocemos. Cuando la estudiamos, la naturaleza parece decirnos que, al final, no hay nada infinito.
Carlo Rovelli, La realidad no es lo que parece. T. J. M. Salmerón Arjona
Gota de flor que toda flor resume,
con la edad de mi sangre atemperada.
Mi asiduo riesgo, mi alimento insume.
En círculo mortal —prieta morada—
los andantes jardines zumbadores
estrecharon su miel desorbitada.
Lentos diciembres de húmeda glicina
pegados a mi sombra en los alcores
y mayo audaz de mirtos punzadores
que en arrugada niebla agosto empina.
Toda la flor en mi ademán fulgura.
El canto vivo a sustituirme empieza.
Sara de Ibáñez, Pastoral, tiempo III, xii
Entonces tuvo lugar la alucinación, si de eso se trataba. De pronto vio al jefe de personal bajo un aspecto completamente distinto. Le vio muerto.
A través de la piel del otro pudo ver su esqueleto; parecía unido por alambres. Todos los huesos estaban conectados por medio de finos alambres de cobre. Los órganos, ya consumidos, habían sido reemplazados por partes artificiales: corazón, pulmones, riñones, todos eran de plástico y de acero inoxidable, y aunque funcionaban simultáneamente, carecían de vida. La voz del gerente, grabada en una cinta, salía a través de un sistema de amplificadores.
Posiblemente en el pasado aquel hombre había sido real, vivo, pero ya no era así. El cambio se había realizado en forma insidiosa, centímetro a centímetro, órgano por órgano, hasta que la estructura fue tan perfecta, en apariencia, que engañaba a los demás; en realidad le engañó a él también, Jack Bohlen.
Philip K. Dick, Tiempo de Marte (Martian Time-Slip). T. Norma B. de López
Nombre del pan que tiembla ante el cuchillo
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Para nombrar un ciervo,
hay que tener mejores músculos que el ciervo
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Al fin sabemos
que el pez no viaja nunca
por el mismo mar,
y el mar tampoco bruñe o sala
nunca el mismo pez.
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Que el hombre es embarcarse,
que en sí mismo se embarca
Eduardo Lizalde
La pantera en su negro
transcurre imperceptible
hacia negros mayores.
Nave negra en río negro,
negro enturbiado por manchar el negro.
Al sol vencida y de su misma sombra
vigilante, la infancia de la luz,
yace ahí la pantera, del testuz
furia arrancada al toro o tibia sombra.
Espalda con espalda ella y su sombra,
coge en sus garras la afilada cruz
del toro negro que la roja luz,
el íntimo capote halla en la sombra,
porque el toro, rebelde sombra armada,
vaina en el ruedo y en la riña espada,
le inyecta, enorme avispa, su bravura;
y envuelta en sangre, como gruta herida
por un rayo, pantera al sol sin vida,
ya es piel de otra pantera más oscura.
Eduardo Lizalde, en Cada cosa es Babel, I, 4
Por eso en la edad ya vieja, como en el otoño vemos caer de los árboles las hojas, así de nuestros corazones caen las flores del contentamiento, y en lugar de los serenos y claros pensamientos entra la nublosa y turbia tristeza acompañada de mil malas venturas, de manera que el cuerpo y el alma entrambos juntamente están enfermos, y de los pasados placeres ninguna otra nos queda sino una memoria muy honda y una imagen de aquel dulce tiempo de nuestra mocedad, la cual, cada vez que se nos representa, nos hace pensar que el cielo y la tierra y todas las otras cosas hacen fiesta y se andan riendo al derredor de nuestros ojos, y entonces se nos antoja que en nuestro pensamiento, como en un deleitoso jardín, florece la primavera del alegría.
Baltasar de Castiglione, El cortesano. T. Juan Boscán