Archive for ‘Narrativa’

25 abril, 2019

Ejemplos para comentario estilístico


Rosario Castellanos: “Lamentación de Dido”, fragmento

Guardiana de las tumbas; botín para mi hermano, el de la corva garra de gavilán;
nave de airosas velas, nave graciosa, sacrificada al rayo de las tempestades;
mujer que asienta por primera vez la planta del pie en tierras desoladas
y es más tarde nodriza de naciones, nodriza que amamanta con leche de sabiduría y de consejo;
mujer siempre, y hasta el fin, que con el mismo pie de la sagrada peregrinación
sube —arrastrando la oscura cauda de su memoria—
hasta la pira alzada del suicidio.
Tal es el relato de mis hechos. Dido mi nombre. Destinos como el mío se han pronunciado desde la antigüedad
con palabras hermosas y nobilísimas.
Mi cifra se grabó en la corteza del árbol enorme de las tradiciones.
Y cada primavera, cuando el árbol retoña,
es mi espíritu, no el viento sin historia, es mi espíritu
el que estremece y el que hace cantar su follaje.

Amanecer

¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared?
¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye? ¿Se echa uno a correr, como el que tiene las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?

¿Cuál es el rito de esta ceremonia?
¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana?
¿Quién aparta el espejo sin empañar?

Porque a esta hora ya no hay madre y deudos.

Ya no hay sollozo. Nada más que un silencio atroz.

Todos son una faz atenta, incrédula
de hombre de la otra orilla.

Porque lo que sucede no es verdad.

G. García Márquez: Comienzo de Cien años de soledad

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia —pregonaba el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el ánima.” José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra.

Juan Rulfo: Comienzo de Pedro Páramo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
—Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

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10 octubre, 2018

De nuestros románticos: un cuento de Payno y un artículo de Ramírez


Textos para Mexicana de los Siglos XVIII-XIX:

El Diablo y la monja de Payno (cuento completo)

I Ramirez – la desespañolizacion

El cuento de Manuel Payno me fue amablemente facilitado por el profesor Alejandro Vera, compañero de la Facultad de Filosofía y Letras. El artículo de Ignacio Ramírez procede de la edición de sus obras (México, Oficina Tip. de la Secretaría de Fomento, 1889) digitalizado en la Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas.

23 noviembre, 2017

El pájaro, el halcón y el buda


Uno de los viejos budas anteriores a Sakia-Muni alcanzó el nirvana de un extraño modo. Un día vio un halcón que perseguía un pajarillo. Entonces le dijo al ave de presa: “Deja a esa linda criatura, te lo ruego; te daré de mi propia carne lo que pesa”. Inmediatamente bajó del cielo una pequeña balanza, y dio comienzo a la ejecución del trato. La avecilla se instaló cómodamente en uno de los platillos; en el otro, puso el santo una ancha tira de su carne, pero la flecha de la balanza no se movía. Trozo a trozo, fue pasando el cuerpo entero, sin que la balanza sufriese el más ligero estremecimiento. En el momento en que el último pedazo del cuerpo del santo hombre fue depositado en el platillo, éste descendió al fin, el pajarillo tendió su vuelo, y el santo entró en el nirvana. En cuanto al halcón, […] se sació de carne.

Ernest Renan, Recuerdos de infancia y juventud, Compañía General de Ediciones, 1951 (ed. original, 1883). T. Aurelio Garzón del Camino.

1 mayo, 2016

E. Gómez Carrillo: Viaje al país del No-Morir


Hay un libro célebre, que se titula Vasobioyé, en el cual un aventurero cuenta su viaje al país fantástico del No-Morir. “En aquel país —dice— no había muerto aún nadie; pero como las biblias de la China y de la India que han llevado algunos viajeros le han hecho saber que la muerte existe, se empeñan en conocerla y, al fin, van lográndolo. Todos estudian el arte de morir, como nosotros los japoneses estudiamos la magia. Para llegar a su fin, se privan de alimentos, se encierran, se hieren. En las mesas de los ricos no se sirven más que venenos muy famosos, llevados de países lejanos, pero que, según creo, no les causan efecto sino muy de tarde en tarde. Con ciertos elíxires logran perder el conocimiento, como cuando nosotros abusamos de las copas de saké, y entonces exclaman delirando de placer: ¡Así debe de ser la muerte!, y bailan llenos de ventura. La ocupación nacional es correr tras la muerte”.

Enrique Gómez Carrillo, El Japón heroico y galante. Buenos Aires: Biblioteca Crisantema, 1935.

19 marzo, 2016

La cortesía de los Cuarenta y Siete Ronin


Los 47 santos de la religión del rencor son los modelos clásicos de la calma urbana. Al conseguir hallarse solos ante el detestado príncipe Kotsuké, supieron dominar su sed de sangre, y haciéndole grandes reverencias dijéronle:

Señor, nosotros somos los hombres de Taku-mi-no-Kami. Vuestra señoría no habrá olvidado que antaño tuvo con él una querella, a resultas de la cual nuestro amo perdió la vida y su familia se arruinó. Como somos humildes y fieles servidores, nos vemos en la obligación de rogaros con el mayor respeto que os digneis suicidaros en nuestra presencia. Uno de nosotros os cortará en seguida la noble cabeza y la llevaremos todos al campo para depositarla sobre la tumba de nuestro buen jefe.

Esto dijeron. Y como el príncipe no se dignó darse la muerte con sus propias manos, los vengadores se confundieron en excusas y lo decapitaron sonriendo. La palabra sonriendo está en el texto.

Enrique Gómez Carrillo, El Japón heroico y galante. Buenos Aires: Biblioteca Crisantema, 1935, p. 121.

24 diciembre, 2015

Otzumi y el sacerdote Itsari


yoshiwara

El Yoshiwara de noche. Kunisada (1786 – 1864). Alrededor de 1830.

Una de las leyendas más lindas del Yosiwara es la de Otzumi y el sacerdote Itsari. Yo no conozco de esta leyenda sino la versión más o menos literal del doctor Tresmin Tremolieres. Eso me basta. Érase un bonzo joven que tenía gran fama de artista. Sus superiores le encargaron que hiciese una estatua de la diosa Kawanon, la de las cien mil manos la todopoderosa y todomisericordiosa. Un día, en una fiesta popular, encontróse con la cortesana Otzumi y se prendó de su belleza. Durante muchas noches no pudo dormir, pensando en ella. Al fin, loco de deseos, decidióse a ir en su busca al Yosiwara, y para comprar sus caricias le robó a la santa imagen de Kawanon su corona de oro. Al volver a su boncería, después de haber pasado una semana con la cortesana, fue asesinado por un ronin. ¡Pobre pecador! En pleno pecado y sin los seis rin que se pagan por atravesar el Aqueronte amarillo, debió haber ido al infierno inmediatamente. Pero, por fortuna, el dios de los muertos conocía su genio artístico y admiraba su imagen de Kawanon.
―Vuelve a la tierra ―le dijo―, vuelve a tu templo y conságrate a concluir la estatua divina.
Itsari obedeció. Meses y meses, años y años trabajó sin descanso. La imagen estaba ya casi terminada. Las cien manos, en la actitud de la oración, elevábanse hacia el cielo y eran tan delicadas, que los que las veían no podían menos que adorarlas. Al fin, una noche, cuando ya creía su labor concluida, sentóse el pobre bonzo ante su obra. De pronto, una mujer entró en la estancia. Era una admirable oirán, vestida de ricas sedas.
―Otzumi ―exclamó Itsari.
―Yo misma… yo, que te amo aún.
Sus manos se juntaron. Sus labios se buscaron. Al día siguiente, los bonzos encontraron muertos al pie de la estatua al escultor y a la cortesana. Y sin duda hubieran pensado que aquella muerte repentina era un castigo por haberse amado. Pero no fue posible creerlo. Las cien manos de la diosa, que la víspera hacían el ademán de orar vueltas hacia el cielo, habíanse tornado hacia la tierra y bendecían a los amantes muertos.

Enrique Gómez Carrillo. El Japón heroico y galante. Buenos Aires: Biblioteca Crisantema, 1935.

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2 julio, 2015

Un elogio decadentista del barroco Diego Velázquez


Las Meninas, detallePor más que sus infantas tengan cabeza de cera y pelo de seda deshilachada, uno se puede enamorar de esas muñecas. En los rasos muarés de sus trajes se encuentran reflejos de autos de fe; y las rosas que sostienen desdeñosamente en sus manos son rosas enrojecidas con toda la sangre de los judíos degollados a la puerta de las catedrales. Y además ¡son tan deliciosamente escrofulosas!… Velázquez fue el pintor de las viejas aristocracias…, fue el fastuoso historiador de un fin de raza de reyes.

Jean Lorrain (1855-1906), Tríptico, París, Ollendorf, s/a.

16 junio, 2015

Jean Lorrain (1856-1906)


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Drian: ilustración para Monsieur de Bougrellon, 1927

Y las noches que dedicaba a recorrer los salones, se empolvaba los bigotes, que eran rubios y hermosos, con una extraña mezcla de polvos azules y de oro. De lejos, se hubiera jurado que era un escarabajo, un escarabajo de Egipto posado sobre una rosa encarnada, pues hasta el último momento de su vida tuvo los labios rojos, tanto, que parecían pintados con sangre de corazones.

Jean Lorrain, Tríptico. T. Carlos de Batlle. París: Ollendorf, s/a. Del remate de la biblioteca ¡de una escuela secundaria privada!

3 junio, 2015

Un pasaje de Galdós que ojalá hubiera adaptado Buñuel


La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas del pueblo se agasajan5 dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural.
Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas con ella.
-¿Vive aquí -le preguntó- el Sr. de Estupiñá?
-¿D. Plácido?… en lo más último de arriba -contestó la joven, dando algunos pasos hacia fuera.
Y Juanito pensó: «Tú sales para que te vea el pie. Buena bota»… Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:
-¿Qué come usted, criatura?
-¿No lo ve usted? -replicó mostrándoselo- Un huevo.
-¡Un huevo crudo!
Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.
-No sé cómo puede usted comer esas babas crudas -dijo Santa Cruz, no hallando mejor modo de trabar conversación.
-Mejor que guisadas. ¿Quiere usted? -replicó ella ofreciendo al Delfín lo que en el cascarón quedaba.
Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no; le repugnaban los huevos crudos.
-No, gracias.
Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior.

Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta, 1a parte, III.

9 junio, 2014

La ciudad es un corral de hombres: W. Fernández Flórez


 En verdad os digo que no hay alimaña de monte más digna de compasión que los hombres de la ciudad. La ciudad tiene la inquietud ansiosa de un eterno acecho, en que cada uno es pieza y es cazador. La ciudad es un ruido incesante: prisa, tumulto, voracidad, enloquecimiento. El raudal humano en las calles es como el tropel de animales que huyen de un bosque incendiado. […] Es una existencia de pesadilla. La ciudad es un corral de hombres.

 

Wenceslao Fernández Flórez, “El hermano hombre”, en El bosque animado.

Devesa de Chacín, Mazaricos El Bosque animado ...

Devesa de Chacín, Mazaricos El Bosque animado Si el tópico nos habla de la Galicia mágica y misteriosa, de bosques frondosos de luz oscura y lluvia eterna, ningún lugar como esta devesa para sumergirnos en un cuento de bosque animado. Encajonada en un barranco socabado por el río de Santa Baia, la Devesa de Chacín esconde rincones únicos, como las cataratas de Santa Leocadia o las de Santa Baia, donde el otoño provoca un estallido de luces, sombras y colores realmente intensos. (Photo credit: Wikipedia)