Posts tagged ‘hermenéutica’

26 mayo, 2017

¿Los límites de mi experiencia son los límites de mi mundo?


Cada quien se imagina que el breve contenido de la experiencia que le proporcionan su época y sus circunstancias es la naturaleza.

Jorge Cuesta, “El lenguaje de los movimientos literarios”

31 enero, 2016

Mi hermenéutica


Crítica filosófica de las palabras, crítica filológica de las ideas, y crítica histórica de las ideas y de las palabras.
Nietzsche, Unamuno, Wittgenstein, Marx.

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21 enero, 2016

N. Elias: el arte como refugio de los vencidos políticamente


El arte sirve no rara vez de enclave social de retirada para los vencidos políticamente o los excluidos de la acción política. Aquí, en el sueño de la vigilia hecho figura, se puede perseguir los propios ideales, aun cuando la dura realidad les impide el triunfo.

N. Elias, La sociedad cortesana, “Génesis del romanticismo aristocrático”, p. 327. T. G. Hirata. México: FCE, 1982 (Sección de Obras de Sociología).

22 diciembre, 2014

Qué puede y qué no puede ser definido


Sólo es definible aquello que no tiene historia.

La genealogía de la moral, II, 12.

10 diciembre, 2013

De cómo la regla externa se vuelve íntima convicción: Nietzsche, Elias


Consideremos los siguientes pasaje de Más allá del bien y del mal (V, 188, t. A. Sánchez Pascual):

Lo esencial e inestimable en toda moral consiste en que es una coacción prolongada: para comprender el estoicismo o Port-Royal o el puritanismo recuérdese bajo que coacción ha adquirido toda lengua hasta ahora vigor y libertad —, bajo la coacción métrica, bajo la tiranía de la rima y del ritmo ⁅…⁆.

Examínese toda moral en este aspecto: la “naturaleza” que hay en ella es lo que enseña a odiar el laisser aller, la libertad excesiva, y la que implante la necesidad de horizontes limitados, de tareas próximas, —lo que enseña el estrechamiento de la perspectiva y por lo tanto, en cierto sentido, la estupidez como condición de vida y crecimiento. “Tú debes obedecer, a quien sea, y durante largo tiempo: de lo contrario perecerás y perderás tu última estima de ti mismo” —: éste me parece ser el imperativo moral de la naturaleza, el cual, desde luego, ni es “categórico”, como exigía de él el viejo Kant (de ahí el de lo contrario), ni se dirige al individuo (¡qué le importa a ella el individuo!), sino a pueblos, razas, épocas, estamentos y, ante todo, al entero animal “hombre”, el hombre.

Propongo que:

  • Pongamos entre paréntesis la polémica antimetafísica lo mismo que el lenguaje naturalista.
  • Centremos nuestra atención en los siguientes puntos:
    • La moral es un entrenamiento del individuo.
    • Los fines de ese entrenamiento no conciernen al individuo, sino al grupo social: donde Nietzsche escribe, decimonónicamente, pueblos y razas, nosotros podemos leer clase social, género; e incluso separar el concepto pueblo de su vinculación al nacionalismo decimonónico y obtener etnia.
    • Así, podremos ver que la moral es un mero recurso del grupo social para producir un tipo humano: el grupo produce al hombre o la mujer que necesita; y el hombre o la mujer, habiendo interiorizado las exigencias del grupo, hace lo que se espera de él, no porque se le obligue, sino por convicción propia. La moral consiste en la transformación de la ley externa en fuero interno.

Ahora, veamos cómo se ejemplifica esto en La sociedad cortesana, de Norbert Elias (FCE, 1982, t. Guillermno Hirata). En más de un pasaje, el autor insiste en la relación entre lo externo y lo interno en la vida de los cortesanos de Luis XIV. Lo que para nosotros son reglas asfixiantes, incomprensibles, absurdas, para ellos eran exigencias que debían cumplir si querían seguir siendo reconocidos como nobles, lo cual era esencial para sus vidas. Para ellos, la existencia carecía de sentido fuera de la forma de vida noble, por lo que el fuero externo —la opinión, en el lenguaje del Siglo de Oro español— se convertía en fuero interno. En consecuencia, debían adoptar, aprender, interiorizar un conjunto de disciplinas cotidianas que les permitieran permanecer y, de ser posible, mejorar en el medio cortesano. En el capítulo “Etiqueta y ceremonial”, Elias examina tres de esas disciplinas el arte de observar a los hombres, el arte de manipular a los hombres y el control de los afectos. Al leer los apartados que dedica a estas prácticas, me llamó mucho la atención la manera en que se traslapan las fronteras entre arte (en el sentido anterior al concepto de las “bellas artes”), etiqueta y ética. La etiqueta forma parte de una ética, la ética se practica con arte (pero la diferencia entre arte, ética y etiqueta es cosa de nosotros, algo que proyectamos sobre el pretérito: la confusión está en nuestras mentes, no en las prácticas de los hombres del pasado).

Veamos aquí dos pasajes de La sociedad cortesana donde se describe disciplinas de las cuales nosotros entenderíamos que se practiquen por razones “morales”, y sobre las que Elias debe advertir que no lo son —pero en nuestro sentido, aclararía yo. Porque sí eran parte de la moral, de las reglas esenciales de la forma de vida de esos hombres, los del Gran Siglo francés (tan admirado por Nietzsche, quien compartía con ellos la admiración por Baltasar Gracián).

El arte de la observación de los hombres, sin embargo, no se refiere únicamente a los demás, sino que se extiende también al observador mismo. Se desarrolla aquí una específica forma de la autoobservación. “Qu’un favori s’observe de fort près”, como decía Labruyère. La aurtoobservación y la observación de los demás hombres se corresponden mutuamente. Una sería inútil sin la otra. No se trata, pues, aquí, como sucede en un autoexamen hecho por motivos religiosos, de una inspección de lo “interno”, ni de un ensimismarse como un ser solitario para probar y disciplinar sus deseos más recónditos según la voluntad de Dios, sino de una observación de sí mismo para adquirir una disciplina en el trato social (p.142).

No se puede calcular el grado ⁅de las consecuencias (aclaración mía)⁆ de un desahogo afectivo. Descubre los verdaderos sentimientos de la persona en cuestión en un grado que, por no ser calculado, puede ser perjudicial; quizá da triunfos a los que compiten con uno por el favor y el prestigio. Da, finalmente y sobre todo, un signo de inferioridad; y ésta es precisamente la situación que más teme el cortesano. La competencia de la vida cortesana obliga así a un control de los afectos en favor de una conducta exactamente calculada y matizada en el trato con los hombres (p.151).

27 noviembre, 2013

Más sobre la historicidad de los valores: N. Elias


Las formas de vida y las posibilidades de experiencia que el ancien régime guarda en sí con su corte y su cortesana sociedad estamentaria son para la mayoría de los hombres de las sociedades estatales, nacionales e industriales, tan poco directamente accesibles como las de las sociedades más simples de las que se ocupan los etnólogos.

Norbert Elias, La sociedad cortesana. T. Guillermo Hirata. México: FCE, 1982, p.154

3 noviembre, 2013

Nietzsche: “¿Cómo una cosa podría surgir de su antítesis…?”


English: Values Español: Valor

English: Values Español: Valor (Photo credit: Wikipedia)

“¿Cómo una cosa podría surgir de su antítesis? ¿Por ejemplo la verdad del error? ¿O la voluntad de verdad, de la voluntad de engaño? ¿O la acción desinteresada, del egoísmo? ¿O la pura y solar contemplación del sabio, de la concupiscencia? Semejante génesis es imposible; las cosas de valor sumo es preciso que tengan otro origen, un origen propio, -¡no son derivables de este mundo pasajero, seductor, engañador, mezquino […]! Antes bien, en el seno del ser, en lo no pasajero, en el Dios oculto, en la ‘cosa en sí’ -¡ahí es donde tiene que estar su fundamento, y en ninguna otra parte!” Este modo de juzgar constituye el prejuicio típico por el cual resultan reconocibles los metafísicos de todos los tiempos; esta especie de valoraciones se encuentra en el trasfondo de todos sus procedimientos lógicos; partiendo de este “creer” suyo se esfuerzan por obtener su “saber” […]. La creencia básica de los metafísicos es la creencia en las antítesis de los valores. Ni siquiera a los más previsores de entre ellos se les ocurrió dudar ya aquí en el umbral, donde más necesario era hacerlo […]. Pues, en efecto, es lícito poner en duda, en primer término, que existan en absoluto antítesis, y, en segundo término, que esas populares valoraciones y antítesis de valores […] sean algo más que estimaciones superficiales, sean algo más que perspectivas provisionales […] (I,2, p.23-24).

Más allá del bien y del mal. T. Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial, 1997.

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1 noviembre, 2013

Mircea Eliade: arquetipo e invenciones prácticas


Porque antes de imponerse en la historia militar y política de la Humanidad la “edad del hierro” había dado lugar a creaciones de carácter espiritualidad. Como suele suceder, el símbolo, la imagen, el rito, anticipan -y casi puede decirse que a veces hacen posibles- las aplicaciones utilitarias de un descubrimiento. Antes de proporcionar un medio de transporte el carro fue un vehículo de las procesiones rituales: paseaba el símbolo del sol o la imagen del dios solar. Por otra parte, sólo se pudo “descubrir” el carro tras haber comprendido el simbolismo de la rueda solar.

Herreros y alquimistas. Trad. de E.T., revisión de Manuel Pérez Ledesma. Madrid: Alianza Editorial, 1974, p.24.

1 noviembre, 2013

Comentario a un fragmento de Más allá del bien y del mal


Creo que este pasaje de II,32 puede sernos muy útil en los estudios literarios (y, en general, en el estudio de la cultura) si lo alejamos de los tipos de acercamiento que son los más comunes (también, creo, los más patéticos y en consecuencia los más seductores): a) los psicologistas-biologistas, más cercanos a una lectura literal de Nietzsche y próximos a cierto freudismo fácil que permanece en muchos de nosotros; y b) los acercamientos orientados a un juicio condenatorio de la Modernidad en su conjunto, de toda la civilización occidental, o del cristianismo entero en todas sus manifestaciones: es decir, los más o menos heideggerianos y, también, las maneras “a la francesa” de entender a Nietzsche (de Bataille a Derrida).

Mejor llevémoslo al terreno de la sociedad y la cultura, el nuestro, dejando los “instintos” y “pulsiones” para los expertos (una ojeada a cualquier revista científica puede hacernos ver la ridiculez de la psicología seudonietzscheana de los literatos), y la demolición de Occidente para los filósofos, o para el black block. Algunos ejemplos:

  • En un texto ¿qué nos dice el estilo (en el viejo sentido de la estilística, sin el idealismo) además de lo que dice el significado del texto?
  • La elección del género ¿qué le permite, u obliga, al autor a decir y a callar? Y no digamos la invención de un género: ¿qué nos dan a entender Cervantes y Montaigne sólo por el hecho de haber inventado la novela moderna (pleonasmo)  y el ensayo?
  • ¿Qué nos indica la elección del público, la relación que se establece con éste: el adulado “vulgo” de la Comedia Nueva; el lector de periódicos del siglo XIX; los sectores medios más o menos ilustrados que leen a Ortega y Gasset  y que a veces son  insultados por el elitismo de Ortega y de los orteguitas que lo han sucedido…
  • Los valores de una clase social, de una “casta” (en el sentido de A. Castro), etc., en general de un grupo social, introyectados en los años formativos por un autor y luego expresados, desarrollados, repudiados o criticados (o todo a la vez) por el propio autor… Todo ello determina un “querer decir” en el cristiano nuevo Fernando de Rojas, en el pequeño burgués Salvador Novo, en el patricio venido a menos Jorge Luis Borges…

¿Les suenan conocidos estos ejemplos? Claro, la bibliografía al respecto es amplia, ya se trate de estudios de gran calado, o de juicios impresionistas pero certeros de los críticos literarios.

En realidad, como suele suceder con la hermenéutica, estas ideas de Nietzsche no nos dan indicaciones precisas sobre procedimientos concretos (eso es lo propio de cada disciplina específica), sino que nos iluminan sobre el carácter general de lo que hacemos; nos hacen ver lo que hacemos desde una perspectiva más alta, distanciada, y nos permiten ubicar nuestros procedimientos en un contexto más amplio. Así, vemos que la detección de matices y subtonos llevada a cabo por el viejo estilista; o los rayos X arrojados por Américo Castro sobre el “vivir desviviéndose” de la Edad Conflictiva; o las lecturas sociológicas de las obras modernas, forman todas parte de una cierta familia de miradas críticas: las que van más allá de lo que dice deliberadamente un autor.

(Y explicado esto, aclaro de paso que no niego el inconsciente ni el valor del Nietzsche psicólogo; y que de buen grado acepto que nuestra civilización está en un callejón sin más salida aparente que la repetición de alguna de las grandes caídas de las viejas civilizaciones, sólo que de una magnitud acorde con los logros y errores de la Modernidad.)

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1 noviembre, 2013

Nietzsche: un postulado de la “hermenéutica de la sospecha”


[…] Hoy, cuando al menos entre nosotros los inmoralistas alienta la sospecha de que el valor decisivo de una acción reside justo en aquello que en ella es no-intencionado, y de que toda su intencionalidad, todo lo que puede ser visto, sabido, conocido “conscientemente” por la acción, pertenece todavía a su superficie y a su piel, -la cual, como toda piel, delata algunas cosas, pero oculta más cosas todavía? En suma, nosotros creemos que la intención es sólo un signo y un síntoma que precisan de interpretación, y, además, un signo que significa demasiadas cosas y que, en consecuencia, por sí solo no significa nada […].

Más allá del bien y del mal, II, 32. T. Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial, 1997.